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Cómprame un revólver

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Lado b

La 21 edición del Festival de Cannes, ya en ese momento convertido en la principal cita cinematográfica a nivel global, se inauguró el 10 de mayo de 1968 con la proyección de la versión restaurada de Lo que el viento se llevó, la superproducción de 1939 dirigida por Victor Fleming y protagonizada por Vivien Leigh y Clark Gable, casi un manifiesto de lo que el cine tenía que ser y que, en realidad, había sido hasta el estreno comercial de películas como Bonnie & Clyde (Arthur Penn, 1967), que vinieron a desbaratar el aparato ideológico y de producción en que el séptimo arte se había sustentado. Tres días después de aquella inauguración, decenas de estudiantes invadieron las salas de proyecciones con el objetivo de suspender la celebración, como solidaridad con las huelgas estudiantiles y obreras que de París se habían extendido por toda Francia. Mayo del 68 había estallado y el asunto era detener el mundo tal como lo habíamos conocido hasta entonces y comenzar la construcción de uno totalmente nuevo: “Seamos realistas y pidamos lo imposible”, rezaban las consignas. El cine, por supuesto, no podía quedarse atrás y el descontento de varios de los realizadores que habían abierto el camino hacia la revuelta desde finales de la década de los años cincuenta era patente.

La noche del 18 mayo, el español Carlos Saura se colgó del telón para impedir la proyección de su propia película Peppermint Frappé. Horas antes, Godard, Truffaut, Forman, Resnais, Malle, Polanski y algunos otros se habían atrincherado en el Palacio de Festivales para pedir la solidaridad con las revueltas estudiantiles y la reinstalación del mítico Henri Langlois al mando de la Cinemateca Francesa, institución de la cual era fundador y de la que había sido despedido, por razones ideológicas, por el no menos mítico escritor André Malraux, ministro de Cultura del régimen de Charles de Gaulle. Nada volvió a ser como antes, la 21 edición de Cannes fue suspendida y del desbarajuste nació la principal vitrina del cine independiente en el mundo: “La quincena de los realizadores”, una selección paralela al festival, creada por el asistente de Langlois, Henri Deleau, y que ha privilegiado, durante los últimos 50 años, el cine autor y las realizaciones artísticas más radicales. Una vista rápida por algunas películas seleccionadas en las primeras ediciones, nos da una idea de la mística del evento: Dueto para caníbales de Susan Sontag; Invasión de Hugo Santiago, con guion de Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges; Head de Bob Rafelson, la legendaria cinta sicodélica de los Monkees; Masacre en Texas de Tobe Hooper; Renaldo y Clara, la cinta de Bob Dylan; El imperio de los sentidos, la película maldita de Nagima Oshima…

En fin, Martin Scorsese, Rainer Werner Fassbinder, Arturo Ripstein, Werner Herzog, Bigas Luna, Chantal Akerman, Jim Jarmusch, Spike Lee, Alex Cox, Sofia Coppola son solo algunos de los que empezaron su magnífico tránsito por ahí y a los que en este cincuentenario (de la Quincena y de aquel Mayo del 68) se une un joven cineasta guatemalteco, Julio Hernández Cordón, que estará por estos días en Cannes presentando Cómprame un revólver, un filme catalogado por los organizadores del evento como “una película formidable, una mezcla entre Peter Pan y Mad Max” y que se viene a sumar a otras magnificas realizaciones del autor, entre ellas Gasolina, Polvo o Te prometo anarquía.

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