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Columnistas

El aprendizaje de Calvino

opinion

Viaje al centro de los libros

Italo Calvino fue discípulo de Cesare Pavese, el escritor suicida del neorrealismo italiano, pero en lugar de aprender a escribir introspectivo y angustiado, el alumno optó por el humor y la metáfora. Al respecto escribió: “Yo creo que divertir es una función social, encaja en mi moral; siempre pienso en el lector que tiene que aguantar todas esas páginas, es necesario que se divierta, que tenga también una gratificación; esa es mi moral: uno compra el libro, le cuesta dinero, invierte su tiempo, se tiene que divertir”. Pavese escribió libros serios, y sus lectores disfrutamos el mal sabor en el paladar, como cuando en La luna y las fogatas el protagonista huérfano regresa a su pueblo y reflexiona:

“¿Quién puede decir de qué carne estoy hecho? He recorrido bastante mundo para saber que todas las carnes se corrompen, y por eso uno se cansa y trata de echar raíces, de hacerse tierra y pueblo, para que la propia carne tenga valor y dure algo más que una vuelta de estación”. Pero Calvino, el
discípulo, recurrió a la inventiva.

Los personajes de Pavese están partidos por dentro, medio desterrados, misóginos y perturbados, mientras que Calvino parte en dos al vizconde Medardo de Terralba, en El Vizconde demediado, con una bala que lo corta como una espada cuando se disponía a destruir el cañón enemigo en las Cruzadas en medio de una batalla contra los turcos. La mitad resentida y amargada regresa al hogar, convertido en un malo inútil. Tiene un brazo, un pie y la mitad de la cara. La otra mitad resulta independiente, pura, noble y buena. La parte mala representa el esquema capitalista, lleno de caprichos e intereses, y la parte buena al humanismo, donde al final plantea que, si la maldad puede ser aterradora, la bondad también puede convertirse en un mal. En cierto momento los obreros extrañan al vizconde villano, porque el lado bueno está obrando en contra de sus intereses individuales para asegurar el beneficio común. Al final de la novela, Medardo es reintegrado por el médico de la localidad, y el vizconde resulta sabio porque integra lo malo y lo bueno.

Los dos escritores escarbaron en la condición humana, uno con desesperanza y otro con fábulas divertidas como la que narra un espectador anónimo, niño que al llegar a la adolescencia se sentirá más confundido que nadie.

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