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Columnistas

La banalidad del bien

opinion

EL BOBO DE LA CAJA

Hay un vacío en todo ser humano: el vacío de saber qué es… de dónde viene… a qué vino… qué será de él después de la muerte.

De ese vacío surge la angustia por dar perspectiva, orientación y significado a la propia existencia: necesitamos sentirnos parte de algo importante para no vernos como una atemporal y exigua partícula de materia en medio de la abrumadora vastedad del universo.

Necesitamos remitir nuestras acciones a un marco explicativo capaz de hacer eco de lo que sentimos. Pero ocurre que el impulso de llenar nuestros vacíos, de aplacar nuestras dudas es tan primigenio, tan poderoso, tan irracional que muchas veces, sin detenernos siquiera en analizar razones y evidencias, terminamos cediendo a la influencia circundante y, con tal de evitar ser una hoja seca llevada por el viento, nos prendemos del árbol que esté más a la mano.

Es así como el acto de creer consiste, las más de las veces, en un confiar ciegamente. O en un no saber, pero dejarse ir. O, decíamos arriba, en seguir las pautas de la mayoría y abrazar determinadas narrativas por puro acomodamiento social, cultural o económico. En tal sentido, el llamado triunfo de la razón no ha sido tal si se examina de cerca cómo los cánones racionalistas suelen, también, obedecerse de manera acrítica, incondicional, irreflexiva, como si se tratara de otra profesión de fe.

¿Usted apoya la teoría de la evolución de las especies en estricto seguimiento de las bases del método científico? ¿O más bien se encarama en la cresta de la ola nomás para dárselas de moderno, de estudiado, de inteligente?

¿Por qué es usted crema y no rojo –o al revés? ¿Por qué del Barça y no del Real Madrid –o viceversa? Es como si la adscripción a ciertos clubes, o el uso de ciertas marcas, confirieran un halo de respetabilidad más allá de toda lógica o razón.

Un ejemplo mucho más serio podemos apreciarlo en torno al conflicto entre Israel y Palestina. ¿Cual es nuestra posición al respecto? ¿Con qué rigor hemos explorado la evidencia disponible? ¿Conocemos suficientemente bien la historia de Oriente Medio como para saber de dónde se originan las pugnas y quiénes son los responsables? ¿O nos limitamos tan sólo a caer en el juego de la polarización caricaturizando la realidad, negándonos a examinar matices? ¿Quién no ha cedido a la pasión y a la sensiblería dejándose manipular por las imágenes que difunden los medios masivos?

Guatemala confirmó una vez más su vocación por el fanatismo con el juicio a Ríos Montt. Por mucho que los tribunales de justicia se esforzaran en dilucidar los hechos, la cruzada más feroz ocurrió sobre todo en el ámbito de las redes sociales. A treinta años de las peores masacres imaginables, nuestras ganas de rompernos el hocico seguían –¡y siguen!– intactas. ¿La dimensión reparadora del esclarecimiento? ¿El efecto catártico de rendir testimonio?¿Escuchar al otro? ¿Respetar su derecho a defenderse? Esas son muestras de debilidad. Aquí lo que cruje es el odio, la descalificación a priori, el desquite, la venganza.

Algo parecido observamos hoy con la pugna a favor y en contra de la CICIG, reducido a un estúpido duelo entre buenos y malos. Plegarse a unos o a otros sin admitir márgenes de duda no es buscar el bien ni comprometerse con la verdad, sino hacer del derecho a la conciencia una pirueta arbitraria; una moda banal.

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