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Columnistas

Tu rostro mañana

opinion

Viaje al centro de los libros

No entiendo el olvido del comité del Premio Nobel de Literatura, tan preocupados ante el espectáculo mediático y la farándula del mundo contemporáneo donde todo lo que reluce debe parecer oro, por ignorar a Javier Marías en su selección anual. Marías es quizá el novelista contemporáneo más lúcido y brillante en nuestra lengua, un autor destinado a alcanzar los grandes premios. Y no es que él necesite del premio, porque su obra ya es reconocida, y los 8 millones de ejemplares vendidos en 43 lenguas ya lo preceden, sino porque el comité necesita validar el premio, para dejar claro que se otorga a los más grandes, y no a cualquier fantasma pasajero.

Su novela Tu rostro mañana confirma la fama obtenida décadas atrás con las populares, Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí, títulos extraídos de las líneas dramáticas de Shakespeare, o su conmovedora Berta Isla, el éxito más reciente. Tu rostro mañana es una obra monumental, digamos una catedral de 1,330 páginas, en edición lujosa de Alfaguara, que así reunió en un solo tomo la trilogía Fiebre y lanza (2002), Baile y sueño (2004) y Veneno y sombra y adiós (2007).

Marías escribe como quien habla en voz alta, reflexiona, analiza con dominio total de su elemento, piensa sabiendo que alguien podría estar atendiendo su discurrir, y se desnuda sin pudor. La novela arranca con un delicioso discurrir sobre el derecho a guardar silencio: “Callar, y borrar, suprimir, cancelar, y haber callado ya antes: es la gran aspiración imposible del mundo”, y de la responsabilidad que conlleva enterarse de algo impropio y evitar caer en la ruindad de la delación. Al narrador cuenta la esposa de su amigo, datos de la intimidad de su doble vida, porque ella está viviendo una aventura amorosa. ¿Qué hacer de allí en adelante? ¿Cómo ver cara a cara al otro? ¿Cómo manejar el secreto no solicitado?

Las novelas de Marías son Literatura, con mayúscula, un ejemplo de lo que significa la aventura humana de la escritura, pero que también exige del lector cierto atrevimiento, iniciación, empeño y dedicación. Cuando sucede la conexión con esta obra, salta el asombro, entendimiento y trascendencia afín a toda obra de arte.

 

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