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La debacle

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Lado b

Un dictador que muere; un alcalde de apodo inquietante que se filma a sí mismo haciendo sus necesidades y lo publicita por redes sociales; un colaborador eficaz que nos muestra la podredumbre de las estructuras que han sostenido al Estado en los últimos años; una consulta popular para solucionar el diferendo territorial con Belice, que nadie entiende o nadie quiere entender. Estos son algunos de los titulares que aparecieron en los diferentes medios la semana pasada. Comprender un país como Guatemala es un ejercicio intelectual muy complejo. Una realidad desquebrajada que produce hechos, noticias, aparentemente desconectados entre sí, que se van entrelazando en una narrativa escabrosa, oscura, desalentadora: “Nuestra Historia reciente”. Esa que posiblemente comienza con el Golpe de Estado del 23 de marzo de 1982, cuando un militar quiso instaurar el Reino de Dios en una nación desmoronada por la guerra sucia. Como en toda Cruzada, se derramó sangre y mierda por todos lados, se exterminó a poblaciones enteras y se reeducó a los sobrevivientes en el dogma. Nosotros, la Guatemala de hoy, lo queramos o no, somos el resultado de esa carnicería. Una confrontación que nos pudrió para siempre.

¿De qué manera nos pudrió la guerra? Eso es lo que Juan Carlos Monzón nos ha venido explicando en vivo y a todo color durante estos últimos días. Su narración bien podría encuadrarse en esos géneros literarios que surgen de la violencia y la degradación: el testimonio, la novela negra, la narcoliteratura… Le falta estilo, de acuerdo, pero ha sido capaz de mantenernos a todos pegados a la pantalla de la televisión o de la computadora. Si yo fuera productor de series o telenovelas ya le hubiera comprado su historia sin regatearle el precio. La verdad, ya estoy hasta la madre de que me sigan contando la biografía de Pablo Escobar o del Chapo Guzmán. El relato de Monzón, por razones obvias, me interesa más. Es la historia de una Guatemala envilecida hasta la médula por el poder y el dinero. Porque de eso se trata todo, de condenar a un pueblo, por medio de las armas o la política, a la insalubridad, a la ignorancia, al hambre, a la delincuencia, a la muerte, para enriquecerse hasta la obscenidad. Acumular, por medio del despojo o el saqueo, ha sido la consigna de una pandilla de cuatreros y antisociales que secuestraron las estructuras del Estado hasta nuevo aviso.

Gobierno de caciques que defecan al aire libre para marcar su territorio, como los chuchos. Más allá de lo meramente escatológico, el video que hizo circular Tres Quiebres, alcalde de Ipala, funciona como un manifiesto. “Nosotros somos bárbaros”, dice, mientras hace gala de sus excrementos. Los que hemos conquistado el poder y el dinero, nos cagamos donde nos da la gana. Toda una metáfora de nuestra historia patria. Sangre y mierda.

Tal vez la solución, sea huir hacia Belice, un pueblo civilizado, sin masacres ni odios acumulados, que es capaz de producir una de las mejores músicas del planeta. Afortunadamente la música no tiene fronteras, así que me quedo escuchando a Paul Nabor, a Andy Palacio, a Chella Torres, a Elodia Nolberto, a Leroy Young The Grandmaster… para que me salven de la debacle.

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