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Sobre la muerte de un genocida

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Muchos se preguntan, con justa razón, tras la muerte del general Ríos Montt: ¿Por qué nos resulta a los guatemaltecos tan difícil dejar atrás los crímenes cometidos por el Estado durante treinta años en los que este protegió los privilegios de las clases dominantes del país (so pretexto de librar una lucha anti-guerrillera) contra las poblaciones civiles de Guatemala, en particular indígenas? En otras palabras: ¿Cómo superar la ignominia y los sufrimientos acumulados durante tantos años, cómo avanzar como pueblo y como país, sin estar mirando permanentemente por el retrovisor?

El problema es que cualquiera de los términos que utilicemos: dejar de lado, olvidar o superar los traumas, no es un asunto sencillo, porque la superación de un traumatismo colectivo no obedece a las mismas reglas que la superación de un trauma individual, las leyes y la dinámica de la psicología social no son equivalentes a las de la psicología individual, aunque tengan múltiples puntos de encuentro. Individualmente, yo puedo superar con relativa “facilidad” el asesinato de mi padre, por ejemplo, pero una comunidad indígena, tanto ella como su descendencia, tendrán dificultad para superar la violación, masacre y desaparición de sus miembros (sobre todo porque el clasismo y el racismo consuetudinario del mundo ladino criminalizan cualquier reclamo a gozar de derechos entre las poblaciones vulneradas y vulnerables). Con más razón cuando se trata no ya de una aldea o de un poblado, sino de miles de aldeas y millones de personas afectadas a lo largo del país. En la conciencia de la gente, la cicatriz siga abierta, y mientras no les cercenen la memoria, el sentimiento de una gran injusticia, de una negación innoble y absurda, seguirá palpitando por los siglos de los siglos.

En cuanto al genocida Ríos Montt, hay una vergonzosa situación: nunca cumplió la condena por los crímenes cometidos. Fue blanqueado. Hubo juicio, condena, y luego una ridícula anulación por la Corte Constitucional, permitiéndole, “por razones de salud”, residir en su casa. Hoy, no se trata de ensañarse contra el cadáver, sino de entender lo que ese cadáver simboliza: el oprobio, el cinismo, la indiferencia, la crueldad de un ser humano que perdió todo sentido de compasión hacia las personas y hacia su pueblo (aunque en el ámbito privado, él, como muchos otros grandes criminales de la Historia, era cariñoso con su familia, amante de los niños y de los perros). Entiendo que sus deudos sufran, eso es normal y respetable, pero hay que comprender también que él no era y no es una figura privada sino pública, y que hoy cosecha lo que sembró. Después del famoso “jueves negro”, hace años, el CACIF lo tenía por un vulgar cuque y cholero “populista”. Lo odiaban. Curiosamente, desde que compareció ante el juez, pasó a convertirse en héroe de las clases oligárquicas, pues algunos miembros de dichas clases habían prestado y piloteado sus avionetas de entonces para bombardear aldeas indígenas y temían en algún momento que se los llamara a juicio también a ellos.

En Guatemala nunca ha habido una verdadera elaboración del pasado, ni un verdadero ritual de reconciliación, ni de resarcimiento colectivo. La maquinaria ideológica conservadora repite, incansable: “olvido, olvido, hay que olvidar, la vida sigue”, sin tener la capacidad, ni la inteligencia, ni la voluntad de comprender que mientras no se haga justicia en todos los ámbitos, mientras el Estado no resuelva eficazmente los problemas de las grandes mayorías, no habrá perdón ni olvido, porque los muertos nos seguirán interpelando y persiguiendo aunque no lo queramos.

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