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Columnistas

Margarita

opinion

Lado b

Conocer a Margarita Carrera fue para mí todo un privilegio. La afirmación no es retórica. Lo digo porque conocerla fue conectarme con una parte silenciada de la historia patria, esa que no aparecía en los libros de texto. La historia de las mujeres, de los poetas, de los atormentados, la de todos esos seres que habían sufrido en carne viva la Guatemala oscura y tenebrosa de las supersticiones, las costumbres, las dictaduras familiares, religiosas, sociales, militares, políticas. Margarita fue una mujer rebelde y como tal contradictoria, maledicente, arrebatada, iracunda, pero repleta de vida, similar a esos hombres que rompían todas las cadenas de la esclavitud que Albert Camus dignificó como los grandes liberadores de la especie humana. Pero Margarita, como dije, era mujer y en la época en que nació, vivió y peleó sus propias batallas, las mujeres difícilmente entraban en la historia escrita, a no ser que se abrieran el camino a puritita osadía y estuvieran dispuestas a ser víctimas de todas las inquisiciones. “¿Se puede ser anarquista y académica?”, le pregunté en una vieja entrevista. “Pues ¿por qué no? –me contestó– aquí estoy yo para contarte”… Y sí, ahí estuvo ella para contárnoslo. Y ahí está, ahora, en esta época de celebridades y placeres desechables e inmediatos, en la que ya casi nadie se acuerda de lo que fue atravesar los nueve círculos del infierno nacional.

Yo era demasiado joven, como para entenderla del todo, cuando Adolfo Méndez Vides me llevó a conocerla a su cubículo de la Facultad de Humanidades de la Usac. Tenía un poster de los Beatles pegado a la pared y esa fue quizá la causa por la que desde un primer momento me cayó muy bien. Nosotros éramos unos ishtos medio provincianos que huíamos del melodrama y la solemnidad. Estábamos demasiado asustados por la guerra y demasiado apasionados por la literatura. Nos autoproclamábamos iconoclastas, marginales, desubicados, rebeldes. Ella fue la primera escritora digna de ese nombre que (¡sorprendentemente!) nos tomó en serio. Nunca se lo dije, pero es algo que le he agradecido toda la vida. En aquella época, finales de los años setenta, discutíamos sobre Freud, Borges, Octavio Paz y los clásicos griegos, sus pasiones absolutas, y nuestros comentarios a ratos sarcásticos, ácidos, de pura jodedera, le parecían magníficos. Quizá la divertían y la aliviaban un poco de la formalidad académica ambiente. Lo cierto es que fue lo bastante generosa como para conferirle cierta autoridad a nuestro criterio como interlocutores, y nos leía de tarde en tarde los avances del poemario que en ese momento la atormentaba: ‘Letanías malditas’, una experiencia muy rica para dos aprendices de escritores que apenas vislumbraban la fuerza expresiva que podía alcanzar el lenguaje. La verdad, no lo teníamos muy claro, pero estábamos hablando de tú a tú con la primera mujer en haber obtenido un título en letras en la Facultad de Humanidades y con la primera mujer en haber sido admitida en la Academia Guatemalteca de la Lengua, eso no era poca cosa en aquella época.

Amor y respeto por la palabra escrita fue la enseñanza más importante que nos dio Margarita. Yo, personalmente, después de esas pláticas terminé leyendo a Homero, cómo no agradecérselo.

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