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Columnistas

Margarita Carrera

opinion

Viaje al centro de los libros

Margarita Carrera amaba las letras, la poesía, el ensayo, a Freud y Nietzsche, y no se limitaba como maestra a enseñar a sus alumnos lo programado, sino trasmitía pasión por las letras. Sus alumnos acudíamos a su casa como al ágora, porque la literatura no era una materia universitaria sino la sustancia en la que nos movíamos. Disfruté de sus clases, del reto, y de las visitas a su cubículo en los ratos libres para hablar de las novedades que ella disfrutaba. La recuerdo pequeña y activa, poniendo letreros en el edificio de Humanidades de “Lea poesía”, tratando de motivar.

Mi grupo de amigos antigüeños la visitábamos con frecuencia, y tuvimos la dicha de escuchar de su voz la lectura de pasajes variados Del noveno círculo (1977), en referencia al fondo del infierno dantesco. Escribía como desgarrándose, y en realidad era todo lo contrario: amable, alegre, dichosa.

Sus primeros libros eran tímidos en los títulos, como en Poemas pequeños, publicado en 1951, cuando tenía 22 años, y con líneas filudas relataba la experiencia del crepúsculo, la sensación de su sombra siguiéndola, del silencio melancólico, “cuando el cielo / era un pantano”, un gato le arañaba la mirada, y se anunciaba el dolor profundo de la existencia. Luego vino Poesías (1957), más reposado, con líneas breves y sentimientos más sosegados, se percibe cierta paz y satisfacción emotiva: “Cuando tú duermes / el espacio se llena de estrellas / y el lago de peces”. El lamento regresó en Desde dentro (1964), viajando sin esperanza a la nada, con el terror de la duda sobre la eternidad, y que contiene su nerudiano Canto a la escoba: “Me gusta la escoba / en la soledad de mis manos”. En Poemas de sangre y alba (1969) se muestra consciente con la causa revolucionaria, y en Mujer y soledades (1970) es agresiva, sensual, explosiva, escribe poemas más largos y explosivos, jugando con la forma del verso largo, partido y espaciado, quiere expresarse con atrevimiento, pero no es sino hasta en Del noveno círculo, donde madura su estilo y su voz es un río suelto: “ya balanceándote niña / en un columpio triste de un parque desierto”, la edad es un laberinto sin salida y salta la iracundia y entiende que la escritura de poesía es como descuartizarse. Bello poema.

Margarita se ha marchado, pero su fuego quedó en tinta impresa, peleando contra la muerte.

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