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Columnistas

Nuevas procesiones antigüeñas

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SOBREMESA

Me gustaba más La Antigua Guatemala recatada y silenciosa de mi infancia, en los años sesenta, con su carácter de ciudad deshabitada y en ruinas, de cadencia amodorrada, taimada y religiosa.  La música que ambientaba sus casas, mercados, talleres, comercios y tiendas de barrio era de marimba o, en su defecto, de marcha procesional.

El radio parecía que pasaba encendido todo el día, y se apagaba después de las noticias de la noche o con el último programa de marimba que ofrecía la estación. La música se escuchaba quedito, como de fondo, para no molestar la plática o el chisme.

Era algo curioso, en La Antigua se vivía todo el año recordando las procesiones.

Entonces, las calles no estaban repletas de carros y mucho menos de camionetas ruidosas escupiendo humo negro, con “brochas” gritones, jaladores de pasaje colgados como micos de la portezuela del bus, que aúllan a voz en cuello “a Guate, a Guate, a Guate”.

A diferencia del resto del mundo, el llamado “progreso” se llevó de corbata las cicles, remplazadas por motos cuyos conductores zigzaguean sin miramiento y respeto por las empedradas calles de la ciudad.

Cada vez más, la ciudad ha ido perdiendo sus sonidos distintivos, marcadores naturales de las rutinas del día como el toque de campanas, el revoloteo de los zanates a las seis de la tarde, el silbato  de la fábrica frente a la colonia Candelaria anunciando el almuerzo a  las doce del día y, a las cinco, la hora de regreso a descansar a casa; y el ruido del agua corriendo, sin recato o pena, de algunas de las pilas domésticas, piletas y fuentes de la ciudad.

Pero lo que no ha cambiado en esencia son las procesiones de Cuaresma y Semana Santa, cortejos procesionales que crecen cada año, expanden su recorrido, como reflejo de un pueblo marcado, desde la cuna, por sus devociones y creencias.

Cada año los cortejos procesionales son más largos en tiempo y en cucuruchos y hermanas cargadoras que desean formar filas para acompañar al Nazareno o Jesús yacente de su devoción familiar.

En La Antigua, no importan los revuelos capitalinos o las manifestaciones en la Plaza; si el Presidente come langosta o un sencillo “casamiento” de frijoles con arroz, ni si Estados Unidos lancen la “Madre de todas la Bombas”, como sucedió el Jueves Santo del año pasado, porque aquí, los cortejos procesionales con sus venerables nazarenos son paseados en andas aunque llueva, truene o relampaguee, porque así lo dicta la tradición y devoción de los miles de cargadores adultos y niños fascinados por el profundo imaginario cristiano cuaresmal heredado de sus padres.

 

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