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El baúl de las sorpresas

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SOBREMESA

 Dámaso no tenía previsto que aquella entrega de regalos no se prolongara demasiado, “al mal paso, darle prisa”, pensó, mientras investigaba los paquetes embalados en el baúl.

“¿Qué habrá en esta cajona de cartón? dijo Dámaso, con ánimo forzando, intentando hacer que la reunión no se convirtiera en funeral. Y zangoloteó con fuerza la primera que encontró, y de tanto darle, las junturas de la caja cedieron y de lo alto salieron despepitadas al suelo, docenas de cajitas con jabones transparentes de Pears.  Un olor a infusión de hierbas de camomila y a jardín de flores silvestres inundó el ambiente, mientras las niñas corrieron asombradas a recogerlas, como si fueran los dulces de la piñata. “Estos jaboncitos he de decir, son mis predilectos,”, afirmó Dámaso, un poco más relajado, “y los habrá comprado Salvador para que dejemos de a olor a marrano”, bromeó el abuelo, tratando de hacerse el chistoso, ya que no le gustaba bañarse con el jabón de coche.

“Esto es para ustedes, Manuela y Adela”, y Dámaso les entregó,  a cada una de las empleadas,  una caja cuadrada de regular tamaño.

Manuela y Adela se acercaron discretas, sigilosas, con paso ágil de gacela a recibir su obsequio. Iban descalzas, caminando de puntillas y tenían las suelas de los pies curtidas como cuero de vaca  por andar de arriba para abajo sin calzado, caminando por el piso helado de cemento líquido de la casa o por la calle, esquivando las inmundicias de las banquetas, el agua empozada de los desagües, las piedras y los chayes.

Nadie de la casa había logrado que se calzaran, ni el abuelo cuando les habló seriamente después del terremoto, para que usaran zapatos o por lo menos caites, pues la ciudad estaba salpicada de púas, clavos, piedras y pedazos de vidrio. “No aguatamos llevar los pies aprisionados como los caballos”, respondían siempre para que no las siguieran molestando, y salían corriendo dando brinquitos de conejo asustado.

Salvador les había escogido un chal muy suavecito de lana negra de marino, para cubrirse la cabeza cuando salían a la calle o para que lo usaran de tapado para oír la misa de doce en San Francisco, además de un par de botines de cuero, amarrados al frente, fabricados de un cuero muy suave y domado, como de guante, para que no le molestaran los pies.

El siguiente de la lista fue Gabriel, quien estaba por cumplir quince años. En el último año se había estirado como jirafa y desde pequeño mostró talento para el estudio y para el asunto de los libros.

Dámaso le entregó una colección de libros empastados en cuero:  “Dickens, Dumas, Verne, Shelley,  leyó el abuelo como si estuviera cantando lotería. Y además de su colección de libros de historias, le entregó a Gabriel, una lamparita de escritorio de bombillo incandescente para que pudiera leer de noche sin arruinarse la vista.

Dámaso se comenzó a poner nervioso porque el tiempo trascurría y el baúl seguía lleno de paquetes.

Faltaban pocos minutos para que comenzara la cohetería que anunciaba la Nochebuena y entre las campanas que anunciaban la misa del gallo se oyó la vocecita asustada de la pequeña Lucita. En mayo había cumplido seis años y en su cara destacaban  sus ojos pequeñitos y muy verdes. “Papá”, dijo con atrevimiento, “yo quiero mi regalo”.

Se llamaba Marina de la Luz  y nunca le gustó el nombre que le escogió Dámaso en el último momento, cuando la inscribía en el registro.  “¿Qué has hecho, Dámaso?”, le replicó la abuela, “pero si habíamos quedado que se llamaría Valentina”.

Lucita, creyó siempre que había nacido a destiempo y que su presencia molestaba a su papá, por lo que, siguiendo su instinto, se había convertido en una niña callada y cada vez aparecía Dámaso, se alejaba para no contrariarlo.

 “Herodes, llévatelos”, repetía Dámaso cada vez que miraba un grupo de niños bullangueros y revoltosos. “Heródes, llévatelos”, repetía. “Y tampoco me gustan los perros”.

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