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El baúl de las sorpresas

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SOBREMESA

Dámaso salió de su casa con el telegrama en el bolsillo, con rumbo a la Aduana Central. Desde la muerte de su hijo, unas ojeras oscuras y profundas le rodearon sus pequeños ojos color tepocate y los cachetes le comenzaron a colgar de la cara como piel vieja de elefante. Después de enterrar a Salvador, el abuelo decidió que ya era hora de envejecer. Delegó en su hijo Gabriel muchas de sus responsabilidades cotidianas, y comenzó a usar el bastón grueso con tapita de hule que un día apareció en la paragüera de la casa, sin que nadie diera razón o detalle de su procedencia.

Esta vez, tenía que caminar un largo trayecto, ya que la Aduana Central quedaba en el extremo oriente de la ciudad, en un galerón alto de lámina y madera contiguo a la estación del ferrocarril.

Dámaso se sentía más seguro de poder caminar con destreza con el bastón, por las baquetas destartaladas y sucias de la ciudad, sorteando a su paso, no solo los agujeros profundos de los drenajes sin tapadera y las aceras abandonadas a la buena de Dios, sino la basura acumulada y los excrementos humanos y de animales, perros, vacas, cabras y coches que transitaban tranquilamente por la ciudad.

Con su bastón, iba haciéndose paso entre aquella flora de inmundicias, restos de cáscara de naranja podrida, hojas de tamal untadas de recado colorado, chayes y todo tipo de desperdicios que encontraba en su camino, mientras en su cabeza los pensamientos y las ideas le iban dando vueltas sin sentido, como las aves encerradas en jaulas estrechas: “San Francisco sigue en ruinas, sin sombrero de Obispo”, pensaba porque en lugar de cúpula había un agujero por donde se miraban las nubes y las estrellas de noche.

“¿De qué cuenta me llaman a mí, Dámaso B, a la aduana? Seguro que hay una terrible equivocación”, reflexionaba, mientras hacia una pausa bajo el resguardo de una cornisa recién construida en uno de los caserones enfrente del Parque de la Concordia, el cual se había convertido en un pequeño poblado de carpas de campaña, en donde se decía que las personas vivían felices y tranquilas desde el terremoto de 1918.

El telegrama de la Aduana le intrigaba de sobre manera. No lograba imaginar de qué se trataba, y haciendo un repaso mental y con la ayuda de los dedos de las manos comprobaba que sus tíos habían fallecido hacía mucho en algún pueblo remoto de las Vascongadas españolas. Con sus primos hermanos, León y Joaquín había perdido la comunicación desde el siglo pasado; María, su esposa, no tenía parientes fuera y su hijo Salvador había regresado de Europa con todos sus pequeños haberes de juventud, con un catafalco laqueado en negro que había comprado en una casa funeraria de Hamburgo y embarcado con él,  con la orden expresa y pagada al capitán del barco trasatlántico, para que si fallecía en la travesía, lo embalsamaran y usaran la caja, pues deseaba llegar enterito a Guatemala.

Dámaso pasó frente al graderío destartalado donde había estado la última Capilla del Calvario. Con la ayuda de su bastón, lo escaló, y desde las alturas del pequeño cerro contempló la ciudad, ya sin torres, campanarios ni cúpulas blanqueadas y redondas como medias naranjas. El cielo estaba limpio de nubes y los volcanes resaltaban perfectos en el occidente. Un airecito frío le pegó en los cachetes. En un instante, Dámaso hizo un recuento de su vida y sintió que a pesar de todo, su viudez anticipada, de sus pequeños hijos fallecidos antes de la infancia, del terremoto que arrasó la casa del Callejón y ahora lo de Salvador,  podía sentirse agradecido.

A lo lejos, contempló el edificio de madera de la Estación del Ferrocarril y supo que ya estaba a punto de llegar a su destino. Se limpió las gotitas de sudor de la frente con el pañuelón de lino blanco, y comprobó que estuviera, en el bolsillo de su saco, el bultito de papel muchas veces doblado del telegrama. (Continuará)

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