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A paso de tortuga

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EL BOBO DE LA CAJA

En mi calle –cantaba, con voz chillona, el trovador– “el mundo no habla, la gente se mira y se pasa con miedo”. Nada que ver con el jolgorio desaprensivo que se respira por acá, del otro lado del globo, en este rincón del cuerno africano donde vivo.

Un brinco osado y un error de cálculo (la renuencia a aceptar que ya no soy adolescente) me tienen con cojera y andando en muletas desde el domingo pasado. Vaya manera de terminar el año y de arrancar el 2018. Pero no me abato. Sigo en pie, lento y vacilante pero sin tregua, calisténico, dando vueltas por el vecindario, todo sea por no ceder a la abulia, esa especie de muerte en vida que caracteriza a quienes se dan por vencidos antes de tiempo.

Lo cierto es que el paso de tortuga me permite apreciar ahora detalles en los que antes reparaba de otra manera, o no reparaba del todo. Me doy cuenta, por ejemplo, de lo extendido que está el consumo de khat, esa hoja de propiedades estimulantes que los musulmanes en Yemen, Somalia, Etiopía, Yibuti y Kenia, hombres en su gran mayoría, se pasan rumiando durante horas. Hagan de caso que es como la hoja de coca con que se espabilan los nativos sudamericanos.

Ahí van, con su fajo de ramitas en el sobaco, desprendiendo con el dedo una hojita y luego otra, masca que te masca. Las venden envueltas en hoja de banano para conservar su frescura. En un principio pensé que era vicio de bribones y haraganes exclusivamente, pero no: antes de ayer tuve que ir a chequearme a la clínica que está a tres cuadras y me sorprendió ver al custodio con su manojo bajo el brazo, las encías verdes, pastosas; la sonrisa de par en par, la mirada chispeante.

Saliendo de ahí, al voltear la esquina un taxista me vio renquear e hizo señas ofreciéndome un poco de su medicina. “Primero te pega un levantón, luego te baja bien sabroso y te hace olvidar las penas y los dolores”, dijo. Casi le acepto: entre eso, y el combo de analgésicos que me recetó la doctora (y que me tienen con la panza revuelta), a saber qué será más dañino. Y más efectivo.

Doblando la esquina siguiente me rebasó un carro. El conductor detuvo la marcha, bajó la ventana y espetó: “¿Querés jalón? Con gusto te llevo”. La gente del barrio se pasa de amable. No termino de acostumbrarme. Le hice ver que no iba muy lejos, que prefería caminar, que me hace bien un poco de actividad. Insistió una vez más, me negué, nos despedimos con un apretón de manos y seguimos cada quien nuestro camino.

Pasé por la peluquería pidiéndole a la propietaria que por vidita suya me prestara un banquito plástico para usar en la regadera. “Cero clavos, ya sabés”, fue su respuesta en idioma amárico. “Más tarde mando a alguien a recogerlo”, le expliqué. El día que me toque migrar echaré mucho de menos cómo, aun estando tan lejos de la tierra donde nací, el calor humano me hace sentir en familia.

Contiguo a mi casa hay una pensión, y a la par una tienda de abarrotes y misceláneos. Me detuve a comprar saldo para el teléfono. El dependiente, un joven incombustible que abre a las nueve y cierra pasada la medianoche, también mascaba khat.

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