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Columnistas

El baúl de las sorpresas

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SOBREMESA

El mes de diciembre del año en que murió Salvador llegó demasiado rápido a la casa del Callejón Normal. Los chiflones helados de diciembre que golpeteaban las puertas y las ventanas de las habitaciones que daban al patio del naranjal, sorprendieron a la abuela María vestida de luto riguroso: largos gabanes holgados color ala de zopilote le cubrían las rodillas, apretados en la cintura únicamente por un elástico que dividía en dos su voluptuosa figura de anciana prematura, de tobillos engrosados como yuca, y cabello raleado, totalmente blanco.

Desde el día de la muerte de su hijo el miércoles 23 agosto de 1922, el abuelo Dámaso se volvió reservado en el decir, hablaba solo lo necesario, y dejó a un lado sus dos pasatiempos predilectos, escuchar arias de sus óperas predilectas en el vitriolo, música que incomodaba a los canarios por el lamento melódico de tono altísimo, y asistir a diario al cine en compañía de tres amigos, siempre los mismos, a la función de las cinco de la tarde.

Después del acontecimiento, Dámaso se encerraba cada mañana en su escritorio con el periódico del día, echaba aldaba en la puerta y daba orden expresa para que no lo molestara nadie, aunque se tratara del rey de Babilonia en persona, sus parientes que solo llegaban a molestarlo, ni sus amigos del cine, quienes nunca dejaron de pasar por el Callejón, de paso al teatro Capitol, para preguntar si estaba de ánimo para acompañarlos al cine. “Dígale que hoy proyectarán Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas, y que sería bueno salir a airearse un poquito”, insistían los amigos, sin resultado alguno.

La tarde que enterraron a Salvador, la abuela hizo de tripas corazón y desmontó el cuarto en donde había fallecido su hijo adoptivo. Ordenó a sus hijas pequeñas que fueran a jugar a la cocina, y con la ayuda de Manuela desmantelaron y limpiaron la habitación de difunto.

Los colchones, almohadas de plumas y pijamas; las sábanas, ponchos y sobrefundas fueron a parar al tercer patio con la orden de que al día siguiente se rociaran de gas y prendieran fuego. El urinario, el pato, los bacines de peltre, el botecito de vidrio con las sanguijuelas, las jeringas, agujas y las tripas de los lavados las metieron en un costal para que se los llevara el basurero al día siguiente, y frotaron el piso y los muebles de latón con estropajos untados con mucho jabón.

Restregaron todo hasta sacarle el alma al cuarto, arrancaron la enfermedad impregnada en las paredes, los olores ácidos y fétidos a amoníaco y a orines viejos. Lo hicieron llorando con las manos quemadas por tanto restregar y restregar, hasta desaparecer el sufrimiento de Salvador, su dolor, su nefritis crónica e incurable que le habían diagnosticado en Alemania; para olvidar sus ojos de mapache triste y el color a verde oliva en que la enfermedad le había entintado la piel.

Era ya de noche, cuando María completó la tarea. Su llanto se había sosegado y el cuarto había quedado con olor a jabón y a creolina. María guardó a tientas las llaves del dormitorio de Salvador en la bolsa de su delantal. Del cuarto cercano al zaguán, el que llamaban “el escritorio del señor”, escuchó a lo lejos el lamento quedito y triste de Dámaso. Un quejido desconsolado y desgarrado de animal herido se oía en el primer patio de la casa del Callejón Normal. (Continuará…)

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