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Columnistas

Coqueteándole a mi esposa

opinion

EL BOBO DE LA CAJA

Íbamos el sábado de la semana pasada mi esposa y yo en el carro, sorteando el laberinto de callejones alrededor del barrio donde vivimos, aquí, en la capital de esta remota nación del Cuerno de África; ella al volante, yo en el asiento contiguo.

Al llegar a la esquina detuvo la marcha cediéndole el paso a una pandilla de adolescentes bulliciosos, todos hombres, que cruzaban en ese momento por ahí. De último en la fila india, orondo, parsimonioso, el macho alfa del clan. Ya saben: el pavoneo al andar, la espalda recta, los hombros tensados hacia atrás, la ceja en arco, la sonrisa insinuante, la actitud de chulo perdonavidas, las hormonas a tope, la libido a flor de piel.

Justo al pasar frente a nosotros, en un movimiento de esos que uno imagina previamente ensayado montones de veces delante del espejo, levantó con la mano sus gafas oscuras y le hizo un guiño de ojo a mi compañera en expresión mitad de picardía, mitad de gratitud.

En un contexto como el guatemalteco, algo así bien hubiera sido provocación suficiente para que el marido energúmeno, sintiendo zaherido su orgullo de macho territorial, en un santiamén y sin mediar palabra le vaciara la tolva al mocoso en cuestión dejándolo tendido en el suelo, desangrándose, con más perforaciones que la tabla de un chupetero.

O, para no ponernos tan dramáticos, en el mejor de los casos hubiera ameritado que la dama a mi izquierda soltara tremenda alharaca quejándose –conmigo, por supuesto– de lo mal que se la pasan las mujeres, de lo desagradable que es sentir cómo los hombres andamos desnudándolas todo el tiempo con la mirada, de lo indignante que es saberse objeto de nuestros deseos más pervertidos, de lo arduo que les resulta soportar a cada rato el acoso, las insinuaciones, los piropos.

Sin embargo, para bien o para mal no soy un tipo celoso. Pero además, y a mayor fortuna de los actores presentes en la escena, Virginia (qué alegórico su nombre, ¿verdad?) tuvo a bien corresponder el gesto devolviéndole al pimpollo la mejor de sus sonrisas, y de esa manera el encuentro quedó atrás felizmente, sin daños ni rasguños en el ego para nadie. Al contrario, el resto de la tropa captó con fruición el ademán de mi señora, y siguieron todos ellos su camino celebrando la guasa entre empujoncitos cómplices, risitas salerosas y chiflidos de arrabal.

“Y vos, ¿qué?”, le pregunté nada más. “¿No te incomoda saberte en el centro del apetito carnal de una bola de vagos?”. Su respuesta fue que no, que por ir pendiente del timón no se percató de la reacción de los otros… con lo cual –debo admitirlo– cabe la posibilidad de que todo me lo haya inventado yo.

¿Un invento? ¿Cómo así? Es lo que llevo meses tratando de glosar por este medio, ante el amable público lector. Verán: soy el primero en condenar la violencia física y sexual en contra de las mujeres, y el primero en reconocer la gravedad de los abusos de este tipo cometidos en países como Guatemala. Lo que no me resulta tan fácil es ceder a los extremos cuando se trata ya no de algo corpóreo, sino meramente auditivo o visual. ¿En qué punto situamos la frontera entre un coqueteo y una falta de respeto?

Mucha tela que cortar. Perdónenme lo necio. Vuelvo a la carga dentro de quince días.

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