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La falta

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¿Quién puede dudar que somos el país de la falta? Es decir, el país donde hace falta de todo para ser un país de verdad: faltan reglas para el funcionamiento del Estado y de la vida social, falta honestidad para cumplirlas o seguirlas, falta voluntad para aplicarlas, faltan recursos físicos y mentales tanto en los dirigentes como en la población, faltan escuelas, falta alimentación, falta salud, falta desarrollo económico coherente, falta justicia, faltan oportunidades equitables en todos los ámbitos, falta información, faltan conocimientos, falta discusión, falta solidaridad, falta lucidez, falta claridad, faltan huevos.

Es cierto que la noción de “falta” es enigmática y compleja, y puede interpretarse tanto en su acepción objetiva, como lo que todavía no es o no existe para satisfacer determinados requisitos u objetivos, como por ejemplo, la falta de carreteras para desplazarse, o en su acepción moral, como el incumplimiento o la desobediencia de un mandato o de una expectativa. Y es en este último sentido que la noción de “falta” o de “pecado” se encuentra a la base de la mitología cristiana, puesto que Adán y Eva desobedecieron la prohibición de Dios de comer el fruto del árbol del conocimiento, y de allí provienen todas nuestras horribles desgracias.

Pero la noción de “falta” que más nos hace falta en una sociedad caracterizada por la imprecisión, la improvisación y la “buena voluntad”, es la noción de “falta profesional”. En otros países, cuando alguien firma un contrato de trabajo –cualquiera que este sea–, en ese contrato está especificado con claridad no solo el perfil de actividades o tareas que deben ser realizadas, sino el tipo de faltas o errores profesionales que deben ser evitados, so pena de recibir una amonestación o un despido justificado. Y esto es así desde el contrato con la empleada de la limpieza, hasta el contrato que el pueblo establece con el presidente de la república y sus ministros, quienes si no cumplen con ciertos requisitos, y sobre todo si incurren en algún tipo de “falta profesional”, pueden ser llamados al orden ya sea por el senado o por los diputados y, eventualmente, pueden ser amablemente despedidos.

¡Ah, qué bonito sería vivir en un mundo donde estén claramente especificadas y se respeten las premisas y límites bajo los cuales uno trabaja, o bajo las cuales otros trabajan para uno para evitar, por ejemplo, las pequeñas fricciones domésticas con la empleada que hace la limpieza en casa cuando se le llama la atención porque hay demasiado polvo en los trinchantes y esta es ya la décima vez que se lo repetimos en el año! Pero entonces ella te responde murmurando entre dientes que si no te gusta, pues no tengas pena, que mañana deja de venir a trabajar y asunto concluido, y uno entonces no sabe si zangolotearla o tomarse mejor dos alkaseltzers o ir a la Iglesia a rezarle a San Judas Tadeo. Y está también el caso de la secretaria que gana dos mil quetzales al mes por sacarle la tarea al licenciado de ocho a seis de la tarde, y tiene además que prepararle su cafecito y soportarle sus estados de ánimo, e incluso sus directas indirectas propias de esa galantería chapina que nos ha hecho tan famosos en el mundo de las artes amatorias, pero solo después de seis o diez cervezas. Y bueno, ¡qué bonito sería también vivir en un mundo en el que el Presidente,…etcétera!

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