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La madre de todas las banderas

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EL BOBO DE LA CAJA

¿Cómo neutralizar el acoso contra la mujer? Antes aún, ¿en qué momento un piropo deja de serlo y se convierte más bien en una falta de respeto? Esta pregunta ha venido dándome mucho en que pensar desde hace un par de meses.

Insisto: ¿Quién define la frontera entre un generoso halago y una abusiva insinuación verbal? ¿En dónde se produce el agravio? ¿En las palabras del supuesto agresor? ¿En la psiquis de la presunta víctima? ¿O en los parámetros culturales que habilitan una sociedad más saludable o más esquizofrénica, más relajada o más aprensiva, más liberal o más mojigata?

El martes pasado, buceando en la red me topé por casualidad con el caso de una joven que, harta de tanto macho importunándola en la calle, en vez de callar o reclamarles frontalmente decidió tomarse selfies con cada uno de ellos. Para sorpresa suya, los tipos en su mayoría aceptaron gustosos posar para la foto, lo cual revela un detalle inquietante: los hostigadores ignoran que lo que hacen es, digamos, ‘incorrecto’.

Pero el asunto no concluye ahí. La chava, que además de guapa y valiente es extremadamente lista, colgó todas esas fotos en su perfil de Instagram como una acción de denuncia pública cuyo alcance, al día de hoy, se extiende ya a cientos de miles de personas en varios países. Así pues, una ráfaga de ingenio no viene mal en situaciones donde (y esto es algo que no le ocurre exclusivamente a las mujeres, que conste) es uno quien se encuentra en posición de desventaja. El que se enoja, pierde, nos recuerda el adagio popular.

Otra manera inteligente de salir al paso en momentos embarazosos es echando mano del sentido del humor. Recuerdo la anécdota de una amiga que, al pasar por una obra en construcción, soportó estoica los siseos, los chiflidos, las palabras. “¡Ayayay, qué buenas chiches, mamacita!”, le dijo uno de los albañiles mientras los demás celebraban la gracia.

Ella, que no destaca precisamente por el volumen de sus protuberancias mamarias (doy fe), eligió tomársela al suave, y más cabrona que bonita respondió por joder: “Que tenga usted un buen día, ingeniero”. Cuentas saldadas. Fin de la historia.

Ahora bien, permítanme trascender las cuestiones de género e insertar esta discusión –sin excluirla en absoluto– en un horizonte más prolijo, más abarcador, más radical, más ambicioso: intervenir las estructuras de poder a fin de refundarlas, y asegurar así la igualdad en el acceso a las oportunidades sociales y económicas. Esa, amigas mías, es la madre de todas las banderas de cambio.

Considero que las reivindicaciones en pro de la igualdad horizontal (feminismo, indigenismo, etnicidad, derechos LGBT, juventud, adultos mayores, niñez, discapacitados, etcétera), lejos de contribuir a hacer del mundo un lugar más equitativo, lo que consiguen a la larga, así sea sin proponérselo, es dispersar nuestras energías (tiempo, pasión, convocatoria de base, financiamiento, logística) en un amplísimo espectro de agendas particulares rivalizando unas con otras para obtener los apoyos institucionales sin los cuales, todas ellas, morirían de inanición.

No es casual que las iniciativas para combatir las desigualdades horizontales, tan de moda, sean las que más financiamiento reciben por parte de las agencias de cooperación, así como las que más eco encuentran en los medios masivos… y en la sensiblería de la gente. Tampoco es casual que el debate sobre las llamadas desigualdades verticales (o socioeconómicas) casi haya desaparecido desde que la razón neoliberal hegemonizó la política.

Divide y vencerás, es la consigna. Y da grima comprobar con qué facilidad mordemos el anzuelo.

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