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Columnistas

Poetas nicaragüenses

opinion

Viaje al centro de los libros.

Nicaragua es la tierra de Rubén Darío (1867-1916), cuya fama significó tanto para la generación que salió a vitorearlo en las carreteras cuando llegó de visita en 1907, y recorrió la patria en carroza de reina de belleza, desde Corinto a León y Managua, siendo saludado por multitud de niños y adultos que sabían de memoria sus versos. Ellos, y sus descendientes, se nutrieron de dicha por la gloria de Rubén, cuyos restos descansan en la catedral de León, bajó un león de mármol, resignado y de expresión triste.

El modernismo creció como llamas por el mundo, aunque muy pronto se apagó, y Nicaragua se llenó de poetas, como el caso de Alfonso Cortés (1893-1969), quien tenía trece años cuando fue la llegada triunfal del poeta a León. Incluso vivió en la casa donde habitó Darío en su infancia, y en ella se volvió loco en 1927, once años después de la muerte del poeta. Hoy es casa museo, donde se puede tocar las rejas que el poeta trataba de abrir con fuerza descomunal para escapar de la prisión. También está el árbol al cual lo amarraban. El poeta pasó por la experiencia modernista y parnasiana, y pasó a indagar el espacio y tiempo, escribiendo entre la cordura y la locura. Pasó 25 años en un manicomio en Managua y regresó a morir a León, sin recuperar la razón.

Otro poeta leonés fue Salomón de la Selva (1893-1958), quien se marchó de Nicaragua en los mismos días de la visita de Darío hacia los Estados Unidos, donde fue adoptado como hijo de un millonario. Allí tuvo una educación refinada, y escribió en inglés, y le tocó participar en la primera guerra mundial, de donde salió escribiendo en español, y publicó en México El soldado desconocido, en 1922, con ilustraciones de Diego Rivera. La mayor parte de su vida vivió en México, aunque al final de sus días aceptó ser embajador en París, en representación de su tierra natal, y allí murió representando al gobierno de los Somoza.

Tras años de maduración como poetas, los nicaragüenses dan un paso adelante, y en Granada surge otra escuela. Destacan Carlos Martínez Rivas (1924-1998) y Ernesto Cardenal (1925). Rivas nació en la ciudad de Guatemala  y publicó a los diecinueve años. Publicó en México en 1953 su libro de poemas La insurrección solitaria, obra que influyó en sus contemporáneos y en las siguientes generaciones. En su obra se siente el germen de Ernesto Cardenal, quien intuyó la intención y la convirtió en una obra de aceptación internacional.

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