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Columnistas

Dificultades de género

opinion

EL BOBO DE LA CAJA

Alguien por ahí sugiere que “tengo dificultades” de empatía en mi visión de género. Le pregunto a qué se refiere y me evade. Lástima: fue el aborto de una interlocución potencialmente fructífera.

Hubiera querido compartir con ella que justo la víspera leía cómo en India, según datos de hace apenas una década, casi la mitad (45%) de las mujeres entre 15 y 49 años estaban de acuerdo en que existía al menos una razón específica por la que el marido tenía derecho de golpear a su esposa. O cómo los países árabes y muchos países africanos cuentan con leyes de obediencia conyugal y precisan del consentimiento del marido, el padre o un pariente masculino para obtener pasaporte.

“Tanto en África como en Asia, el matrimonio continúa siendo un asunto que concierne a la familia más que al individuo”, leí también, y pensé que lo mismo podría decirse de muchas comunidades rurales de nuestro país… ¡y hasta de los criollos oligarcas!, que siguen casándose entre ellos para preservar el linaje y consolidar sus fortunas.

Pero lo que de verdad me descompone las entrañas son las cifras de embarazos de niñas y adolescentes, ocasionados –la mayoría de las veces– por miembros de su propia familia. Violar a tu hermana de diez años, o a tu hijastra de nueve y seguir como si nada, encomendándose a la Virgen: así de torcida está la sociedad donde vivimos. Si la desnutrición infantil está convirtiendo a Guatemala en un corral de retrasados mentales, el estupro acabará de zafarle los tornillos a los hijos de la patria. ¿El resultado? Un futuro colmado de idiotas y lunáticos.

No envidio a las mujeres que se las ven a cuadritos intentando abrirse paso en la jungla chapina. Hace poco se publicó el relato en primera persona de una chava emo, conocida mía, haciendo repaso de la angustia y la impotencia que para ella representa una jornada cualquiera de doce horas siendo mujer. Sincero. Directo. Estremecedor. Sentí el impulso de escribirle, de mostrarle mi empatía, de halagarla contándole la impresión que me causó; pero me contuve: no vaya a ser –pensé– que interprete de otro modo mis palabras, que se lo tome a mal, que lo perciba como un gesto condescendiente y paternalista o, peor aún, que crea que estoy tirándole los perros o algo parecido.

Y aquí vuelvo a una idea que me viene rondando la cabeza desde hace algunas semanas: qué difícil es relacionarse con el prójimo en un ambiente como el guatemalteco, tan surcado por la desconfianza. Qué delicado es intentar nexos afectivos honestos y espontáneos. Qué engorroso hacer migas sin tapujos con el otro, con la otra. Qué fastidio caer, una y otra vez, en todos esos formalismos de cajón que empleamos en el habla por esa maña cerota de no ir al grano: disculpe, perdone, no tenga pena, mil gracias, es usted muy fino, que dios de lo pague, bendiciones.

Sobre todo ahora que la moda al uso es llevárselas de correctos/as, y el discurso oenegero ha calado en las clases medias con su arsenal de restricciones normativas en el decir, en el hacer y en el pensar. Siente uno la exigencia de ponerse condón ya no sólo durante el coito casual sino también –valga la metáfora– en todos los demás ámbitos de la existencia que incluyan contacto humano y supongan, por lo tanto, el riesgo de infectar y de infectarse con las cosas como son, sin filtros ni adornos.

Intercambios profilácticos, ‘debidamente’ recubiertos para prevenirnos (y prevenir a los otros) de una cruda realidad cuyos fluidos vitales nos dan asco, cuyo aspecto al desnudo nos avergüenza y cuya presencia descarnada nos aterra.

¿Dificultades de empatía, decía alguien por ahí?

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