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Columnistas

Matar a un ruiseñor o a 50 “fans” de la música country

opinion

Lado b

Stephen Paddock “era solo un tipo que vivía en una casa en Mesquite (Nevada) e iba a Las Vegas a apostar y hacía cosas como comer burritos”. No era, en palabras de su propio hermano, un radical político o religioso, ni veterano de guerra alguna. Un hombre de “raza caucásica”, de 64 años, piloto de avión, con cierto gusto por la cacería y las armas (y supongo que también por el juego y el alcohol), casado con Marilou, una mujer de 62 de ascendencia asiática. Un “americano tranquilo”, impasible, como quizá lo definiría Graham Greene. Un tipo que el pasado domingo tomó una metralleta y, desde la ventana de su habitación en el Mandalay Bay de Las Vegas, asesinó a más de 50 personas e hirió a otras 400 que asistían a un concierto de música country que se desarrollaba al aire libre. Antes de que la Policía pudiera arrestarlo, se suicidó. Nadie se explica el hecho. ¿Qué hace que un hombre aparentemente común y corriente, sin ningún antecedente de enfermedad mental o de problemas con la justicia, cometa una carnicería semejante, “el tiroteo que más muertos ha dejado en la historia de Estados Unidos”, según repiten los medios?

La puritita maldad, según el presidente Trump, o nexos con la organización Isis, que como ya es habitual se adelantó a reivindicar la matanza como propia. Ambas explicaciones, dado el perfil de Paddock, lejos de tranquilizarnos (es decir de dar una explicación en la medida de lo posible lógica) convierten el hecho en algo aún más inquietante. ¿Qué es el mal y de dónde surge? o ¿qué hace que un americano caucásico de clase media acomodada, o en cierta medida satisfecha, con una casa de habitación “normal” (es decir, no lujosa, pero tampoco precaria) y “ordenada” (es decir, no devastada por el alcohol, la droga, la disfuncionalidad, la pobreza), reconciliado –podría decirse– con el sistema, pueda unirse al ideario terrorista? ¿Stephen Paddock mató a todas estas personas por maldad, por credo, por resentimiento, por alienación, por demencia, por cuestiones ideológicas, por racismo, porque no le gustaba la música country, porque tenía una metralleta y había que usarla, porque hacían demasiado ruido, porque estaba drogado o borracho, porque no podía dormir, porque había perdido o ganado en el juego, porque sufría una indigestión de burritos, por terrorista, por nihilista, por satánico, por creyente, porque no quería morir solo, por todas esas causas reunidas o por ninguna de ellas?

Cuando Hannah Arendt habló de “la banalidad del mal”, se refería también a una monstruosa maquinaria burocrática que hacía que seres vulgares, quizá patriotas, buenos ciudadanos o intachables padres de familia, terminarán cometiendo crímenes atroces. ¿A qué horrorosa maquinaria pudo estar enganchado un tipo como Paddock para asesinar sin ninguna razón a un grupo de ‘fans’ de la música ranchera? ¿A qué maldita máquina puede estar conectado un funcionario burocrático para dejar morir a 50 niñas calcinadas dentro de un salón de clases? Si en algo somos iguales los seres humanos que habitamos este planeta, por encima de nuestras determinaciones sociales, raciales, geográficas, es que somos capaces de matar, de herir, de destruir, de golpear, sin razón alguna. “Un lobo solitario”, dice la prensa, un animal atrincherado que jala el gatillo para acabar de una vez con todo esto. Pero los animales, solitarios o no, matan por hambre o por defensa, solo los hombres matan por razones incomprensibles o estúpidas.

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