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Columnistas

El fin de la historia

opinion

Viaje al centro de los libros

El escritor chileno Luis Sepúlveda se hizo popular en la última década del siglo XX, como parte de aquella nueva ola latinoamericana a la que se sumaron los chilenos Antonio Skármeta y Roberto Bolaño, el argentino Oswaldo Soriano, el colombiano Fernando Vallejo, y, una década más tarde, los mexicanos Paco Taibo II, Juan Villoro y Daniel Sada. Ellos conformaron el post-boom latinoamericano.

Chilenos y argentino se concentraron en actores políticos, memoria de la caída de Allende y de los efectos del peronismo y la guerra de las Malvinas. Fue una década de narrar con nostalgia sobre las revoluciones. Skármeta con su éxito sobre el cartero de Neruda, y Sepúlveda escribe desde Hamburgo en 1994 su novela negra de exiliados, Nombre de torero, donde el protagonista es el guerrillero José Belmonte, que perteneció al cuerpo de seguridad de Allende, quien retorna del exilio a Chile persiguiendo a un nazi, protege a su pareja Verónica (que había sido torturada en la famosa Villa Grimaldi) y recupera un montón de monedas de oro. Luego, 23 años más tarde, escribió una segunda parte, El fin de la historia, porque habla de lo que sucedió décadas después, cuando los veteranos combatientes en los años setenta y ochenta, guerrilleros jubilados, están muriendo o se acomodaron: “metamorfoseados en paladines del neoliberalismo o en simples parásitos del Estado. Igual que otros muchos militantes de izquierda se habían descolgado del Partido Socialista para no ser cómplices de los administradores de la desesperanza”. Belmonte anduvo peleando en Bolivia, en Nicaragua formó parte del batallón internacional Simón Bolívar, recibió entrenamiento en Cuba y en la Unión Soviética, y después de la acción contada en Nombre de Torero se quedó a vivir en la Tierra del Fuego, donde pasa inadvertido junto a su pareja muda después de soportar la tortura y aparecer desnuda en un basurero. A dicho lugar distante donde vive y pasa inadvertido, llega la extorsión del antiguo Kramer, quien le pide a cambio de borrar para siempre su pasado, que identifique y localice a dos antiguos combatientes que se encuentran en Santiago de Chile, Víctor Espinoza y Pablo Salamendi, que fueron testigos “a distancia del fin de la historia, de nuestra historia”.

La novela es más pausada y deja un sabor raro en el paladar, porque la realidad que dibuja ya no es la de antes. Recomendación, reléase la primera parte antes de emprender la lectura de la novedad.

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