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De realidades y palabrotas

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De veras que hay momentos en que dan ganas de mandar todo a la mierda, aunque esta expresión “malsonante”, pero sabrosa de pronunciar –pido a los amables lectores y lectoras que sean indulgentes con mi guatemaltequidad–, se ha vuelto tan estereotipada y aburrida, que hasta ha perdido fuerza y se ha convertido en una redundancia, puesto que por poco que se reflexione, vivimos en este país, de una forma u otra, preposicionalmente: a, ante, bajo, contra, de, desde, en, entre, hacia, hasta, para, por, según, sin, sobre, tras la mierda. Es decir, que estamos de mierda hasta el cuello. Gracias a Dios, Dios mediante, bendito sea, hágase Su voluntad, podríamos decir si fuéramos creyentes.

 Y como somos, en efecto, un país religioso, muchos están convencidos de que lo que ha sucedido, sucede y sucederá en todos los ámbitos de la vida no es, al final de cuentas, sino el caprichoso resultado de la sapientísima voluntad de “nuestro Señor”, quien así lo ha decidido o permitido al interior del misterioso plan que nos tiene reservados como país y como individuos, razón por la cual las iglesias nos exhortan a mostrar agradecimiento y obediencia, además de resignación, oración y apoyo hacia –¡imagínese usted!– el señor Presidente de la República, que ha sido objeto de acusaciones de parte de una institución terrible creada en el país con apoyo de la ONU para perseguir a los mareros de cuello blanco: ¡la temida CICIG! ¡Jesús, María y José, que Dios nos agarre confesados! Santigüémonos o gritemos “¡aleluya, hermanos!”

¿Verdad que toda esta payasada produce cólera? ¿Todo esto que pasa, lo que vemos, lo que escuchamos, lo que sentimos, lo que nos obligan a tragar, lo que soportamos? Da cólera y asco, pero también risa. Entre otras cosas, constatar, por ejemplo, la podredumbre del lenguaje, porque estamos ante la impostura máxima, la imposibilidad de saber ya qué carajos quieren decir las declaraciones del cura, del pastor, de los diputados, de la patronal, de los sindicatos, del Presidente, si las palabras se han convertido en prostitutas que se bajan los pantalones o el calzón cada vez que alguien ofrece un billete o un favor, diluidas como lo están en la bazofia de estereotipos “políticamente correctos” que tienen utilidad solo para la foto: veracidad, honestidad, rectitud, gallardía, moralidad, soberanía, dignidad, patriotismo, intromisión, blablabla. ¿Qué cojones quieren decir exactamente tantas expresiones que apestan y con las que nos han adormecido el cerebro durante años?

Hay también frases que se prostituyen a pasos agigantados, como “la lucha contra la corrupción”. ¡Resulta que hoy los gánsteres y defensores de las mafias en el país juran estar súper-a-favor de la lucha contra la corrupción, pero repudian a la CICIG! ¡Qué risa! Me pregunto cuántos ejecutivos, empresarios, empleados de Estado, Ministros, Presidentes y Vicepresidentes corruptos estarían ahora presos –sobre todo desde hace cuatro años–, si no hubiera actuado la CICIG. ¿Qué guatemalteco en su sano juicio puede asegurar que sin ella estaríamos mejor que con ella? ¡Con qué arrogancia y cinismo pretende ahora cualquier cuatrero darle lecciones de procedimientos y de rectitud moral y legal, si este país ha sido desde la conquista un país sin ley ni orden hasta que apareció, justamente, la CICIG!

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