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Columnistas

Manifestaciones del silencio

opinion

SOBREMESA

Durante el siglo XX, la Plaza Central capitalina fue como lo es hoy, el punto de encuentro del pueblo para manifestar y expresar sus opiniones, descontento y demandas en contra de las ruindades y abusos de los gobiernos de turno.

Con la fuerza que otorga la voz unísona o la protesta silenciosa de muchos, en 1926 se organizó en Guatemala una serie de  manifestaciones en contra del presidente José María Orellana. El pueblo protestó en contra de la nueva tiranía y la política de un gobierno que mantenía la mordaza a la opinión pública y a la libre expresión del pensamiento de la prensa escrita independiente del país.

Eran los alocados años veinte, con tambores de guerra sonando a la vuelta de la esquina, en Europa; con música de Charleston y foxtrot interpretados en marimba y, en las salas de cine locales, un Gardel lloroso y nostálgico, haciendo pucheros, cantaba tangos sentimentales hasta las lágrimas.

Se llamaron Manifestaciones del silencio y se reconoce como líder de las mismas a don Manuel Cobos Batres, personaje citadino que contaba con un fuerte liderazgo y gran simpatía popular.

 Los ciudadanos convocaron a una nueva Constituyente para evitar la reelección de Orellana, y se denunció el acoso y las continuas amenazas a la prensa local.  Es importante mencionar que nunca permitió que la prensa lo criticara y, además, durante su gobierno se cerraron y censuraron varios órganos informativos, y se subvencionó a uno, como vocero oficial.

José María Orellana se forjó como político bajo el ala opresiva del tirano Manuel Estrada Cabrera, ocupando cargos tan importantes como jefe del Estado Mayor y ministro de Educación Pública.

Las manifestaciones del silencio tuvieron gran acogida y en aquel entonces se consideraban multitudinarias. Las personas se reunían por la tarde, después de los trabajos y del café de media tarde, en tiempos en que la mayoría vivía en el Centro, a inmediaciones del reloj de la Perla en la Sexta Avenida y marchaban en total silencio hacia el antiguo Parque Central.

Era tal la represión, que el gobierno advirtió al vespertino El Imparcial, opositor al régimen, que tenía prohibido publicar información sobre el desempeño de la primera “manifestación del silencio”. El Imparcial no acató la orden y decidió publicar la noticia. El gobierno impidió por la fuerza la circulación del diario, pero el medio reimprimió la primera plana, dejando en blanco el espacio correspondiente a la noticia, con la aclaración de “Nos es imposible publicar la información sobre la manifestación pública de ayer en la Sexta Avenida”. La edición salió a luz, pero rápidamente las fuerzas oscurantistas y represivas del gobierno obstaculizaron la distribución de los tirajes subsiguientes.  Finalmente, el 25 de mayo de 1926, el Gobierno, temeroso por la situación, suspendió las garantías constitucionales,  y clausuró el diario El Imparcial. “Mientras yo viva, no volverá a salir El Imparcial”, declaró Orellana con hígado, pocos días después.

La madrugada del 26 de septiembre de 1926, tras cuatro meses sin prensa independiente, el presidente Orellana murió inesperadamente, por causas aún confusas, en una de las habitaciones del Hotel El Manchén en La Antigua Guatemala. Mucho se dijo al respecto, angina de pecho o envenenamiento. Sin embargo se cree que su corazón no aguantó la voz del pueblo reunido en total silencio en la plaza mayor.

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