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Columnistas

Mario Monteforte Toledo

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Viaje al centro de los libros

Septiembre es el mes de Mario Monteforte Toledo, porque nuestro novelista vino al mundo el 15 de septiembre de 1911, y se marchó el 4 de septiembre del 2003, hace ya 14 años. El tiempo pasó volando. Los guatemaltecos gozamos de su compañía tras su vuelta a Guatemala en la última década del siglo pasado, y le seguimos la conversación grata y estimulante. Le gustaba el vino y conversar toda la noche, y como hablaba como escribía, con armonía y sorpresa, escucharlo era un verdadero banquete. A Mario le hubiera gustado celebrar los 116 años un día como el reciente, de la Independencia, entre la indiferencia de los corredores con antorchas, la furia de los indignados y el silencio de los diputados mantenidos a la fuerza adentro del Congreso, enterándose por las noticias de cómo sacaban a unos a medianoche mientras otros se negaron a salir al lado de sus colegas, haciendo ya publicidad para la próxima contienda. La fauna de la política le encantaba, y siempre dijo que desde la novela El Señor Presidente de Asturias no se había vuelto a escribir la gran novela social, y murió sin presenciar su advenimiento. Pero él lo logró con sus tres obras principales: Entre la piedra y la cruz, Donde acaban los caminos y Una manera de morir. En la primera desarrolló el tiempo del cambio después de la caída de Estrada Cabrera, pasando por la Gran Depresión económica mundial, la jefatura autoritaria de Ubico y el surgimiento del nazismo, hasta el estallido de la Revolución guatemalteca. Es la historia del viaje de un personaje, Lu Matzar, del campo a la ciudad, y su proceso de corrupción. La novela Apareció en 1948, luego fue ignorada y le correspondió esperar varias décadas para recuperar vigencia local. Se volvió a hablar de Mario tras su regreso, porque impulsaba tantos proyectos que no podía pasar inadvertido. Hacía amigos y se labraba enemistades debido a su inmensa energía y a su fuerza de voluntad.

En Donde acaban los caminos dejó constancia de su afán por explicarse el mestizaje, y en Una manera de morir, la imposibilidad del hombre pensante para alinearse a ninguna dictadura, por lo cual fue rechazado y juzgado. Cuentan que en México, para la celebración de la publicación de la novela anunciada, Tito Monterroso lo recibió en el salón con una de sus agudas e ingeniosas sentencias políticas: En realidad debería titularse Una manera de vivir, lo que provocó puñetazos chapines en el país extraño y la ruptura de su amistad.

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