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Columnistas

El enfermo Molière

opinion

Viaje al centro de los libros

Tras la representación de El enfermo imaginario, Molière decae físicamente y confiesa al narrador de la novela, que ha sido envenenado. El marqués corre en busca de un sacerdote, pero nadie dará la absolución a quien tiene prohibido un entierro decente. A su regreso, lo encuentra muerto.

La pequeña novela del brasileño Rubem Fonseca remonta a los lectores al siglo XVII en Francia, a los tiempos de Jean-Baptiste Poquelin, mejor conocido como Molière, quien escandalizaba con sus montajes teatrales revelando la hipocresía, el libertinaje y la perversidad de una sociedad civilizada de hombres con peluca, sujetos a los mandatos del clero aunque profundamente libertinos: “Llevamos una vida corrupta y egoísta, miembros de la nobleza, de la burguesía, de la magistratura, del clero, de las profesiones, del comercio, incluso los campesinos, pero no dejamos de practicar nuestra religión, de confesar, con falso arrepentimiento, nuestras perversidades, nuestras ignominias, nuestros pecados, para luego, en silencio, practicarlos de nuevo”.

La novela del brasileño ha sido etiquetada de “negra”, por ese sentido detectivesco de quien trata de descubrir un crimen escarbando en los hechos y en la vida de los sospechosos, pero la obra sobrepasa tal reducción.

La novela posee un refinamiento poco común, irónica e ingeniosa, debe leerse pausadamente porque detrás de cada comentario hay un dardo filudo clavándose en alguna flaqueza de nuestra condición humana. Es una novela que atrapa, impresiona y estimula el asombro. Su curso insospechado amarra con el hecho histórico, la memoria del rechazo social, el afán de la curia por quemar al autor con todo y sus escritos, el éxito vano de un comediante respaldado por la clase noble pero temido porque revelaba flaquezas con nombre y apellido. Al momento de su muerte muchos descansaron, pensaron que con él morirían el Tartufo, Don Juan, Las preciosas ridículas. Fue enterrado después de tres días clamando por el permiso para yacer en tierra cristiana (lo que se le negó por no haber renunciado en vida, públicamente, a su abyecta profesión de artista). Al acto acudieron unas doscientas personas, entre amigos compungidos y enemigos que no podían ocultar su satisfacción. Fue enterrado a las nueve de la noche, en Saint Joseph, “en la parte reservada a los suicidas y a los niños paganos”.

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