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Cómo acabar con el racismo en el lenguaje

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EL BOBO DE LA CAJA

Todo dictador sabe que el efecto de soltar el bozal de la censura trae consigo un destape cuya energía (traducida en violencia) es proporcional a la reserva de deseos e impulsos que venían siendo reprimidos. En otras palabras, entre más fuertes sean las pulsiones latentes, y entre más tiempo llevemos inhibiéndolas, mayor será la precipitación evacuada y más se hará sentir su impacto hacia afuera.

La ley seca es un buen ejemplo para entender tres fenómenos relacionados entre sí. Primero, su instauración nos envía un mensaje nefasto: la sociedad es incapaz de controlarse por sí misma; necesitamos que alguien nos imponga límites, frenos y mordazas. Segundo, la medida no resuelve el problema de fondo y el alcoholismo permanece inalterable con su cauda de abusos, rupturas y pérdidas.

Y tercero, cuando por fin alguien decide suspender la prohibición, el resultado inmediato es un aumento en los accidentes de madrugada. A la larga, la idea de que somos monigotes incapaces de autorregularnos ha calado tanto en nosotros que acabamos creyéndonoslo, y actuamos en consecuencia.

Valga el preámbulo anterior para situarnos en contexto. Al grano, entonces:

Si algo se ha democratizado en Guatemala durante los últimos treinta años es la circulación de las opiniones. Estamos cada vez más motivados a hacerlo. Los medios, cada vez más a nuestro alcance, son también cada vez más fáciles de usar. Los dispositivos son cada vez más atrayentes. El fin de las dictaduras a nivel nacional vino seguido de una era, a nivel global, en que las posibilidades de participar individualmente en el debate público crecen infinitas. Los estímulos para pronunciarnos –la validación social del like– son irresistibles.

Pero el clima de apertura democrática y el despliegue de accesibilidad tecnológica nos encontró mal preparados. El saludable ejercicio del libre intercambio de las ideas está sacando a la superficie lo más granado de nuestra violencia estructural: la cultura excluyente, misógina, autoritaria y racista brota in fraganti tras siglos de venir incubándose.

Algunos, por mucho que nos disguste su carga negativa, celebramos el destape sabiendo que el primer paso para superar un problema es reconocer que existe. No está uno para darle palmaditas indulgentes en la espalda a tanto bestia que ventila sus prejuicios en las redes, pero sí cabe aprovechar la ocasión para, con modestia, caer en cuenta de lo enferma y polarizada que está la sociedad de la que formamos parte. El momento se presta también para tomar conciencia de las enormes tareas que tenemos por delante.

Otros, en cambio, lejos de celebrar, arremeten contra los infractores, y lo hacen con una violencia que no tiene nada que envidiarle a la de sus contrapartes en este ciego y demencial intríngulis pletórico de sapos y culebras. Unos y otros se merecen mutuamente, mimetizándose a tal grado que acaban siendo piezas intercambiables en un tándem de odio recíproco. Aquí las diferencias ideológicas son lo de menos: hay que verlos defenderse, pelear sus posiciones. ¡Se parecen tanto! La saña, la rabia, la intolerancia, la intransigencia, el modus operandi es idéntico.

Considero que soltar toda esa furia atávica es necesario y liberador. El siguiente paso es pensar si basta con suprimir el racismo en el lenguaje (eso se logra con censura y vamos por buen camino, porque fomenta uno de nuestros hábitos favoritos: la hipocresía) o si de lo que se trata es de erradicarlo de nuestros corazones, para lo cual hace falta invertir en educación, y dedicar tiempo, paciencia, apertura, humildad y mucho compromiso.

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