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Vallejo para cautivos

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Viaje al centro de los libros

La poesía nos aproxima a lo sublime, si tal cosa es posible. Porfirio Barba Jacob escribió una línea memorable: “Hay veces en que somos tan móviles, tan móviles”, y César Vallejo una multitud, porque en sus obras completas es infinito: “De todo esto yo soy el único que parte”, con el alma quechua libró su propia suerte: “le pegaban / todos sin que él les haga nada; / le daban duro con un palo y duro / también con una soga”. Abro el libro deshojado y descompuesto siempre a mano, y busco al azar, discurriendo entre las páginas que estallan. Voy saltando por sus cuatro obras como sobre el olvido del río Leteo. La lectura de poesía es íntima, privada, y hasta cuesta compartir la experiencia, como cuando uno se encierra a escuchar la sinfonía trágica de Mahler, pero con Vallejo es diferente, la obra está viva, aunque muerto esté el poeta que nació en Santiago del Chuco, pensando que quizá: “el único recluso sea yo”. En su Ágape dejó plasmadas estas líneas: “En esta tarde todos, todos pasan / sin preguntarme ni pedirme nada. / Y no sé qué se olvidan y se queda / mal en mis manos, como cosa ajena.”

La obra de César Vallejo tiene el poder de conmover, en privado y en público. Un escritor peruano dedica su tiempo libre en los Estados Unidos, donde reside, para visitar las cárceles, a donde llega a leer a los presos latinos la obra de Vallejo, y me contó que no encuentran dificultad en el idioma complejo, que lo entienden y a veces lloran. Un caso asombroso, pero muy diferente fue la actividad patrocinada por el Estado, que se organizó con el Festival de Poesía de Quetzaltenango, llevando a varios poetas a promocionar su producción ante el público cautivo en la Granja de Rehabilitación Cantel, donde 800 privados de libertad estuvieron escuchando por tres horas la lectura de la obra de los jóvenes poetas. Entiendo la buena intención, pero la verdad no comprendo cuál es el sentido. ¿Se trata de entretener o de promover a los autores? Viene a mi mente la anécdota de un cantante nacional que debutó en la cárcel, pero eligió ingenuamente como primera canción aquel tango de Veinte años no es nada, lo que enfureció a los privados de libertad. Lo callaron silbando, porque eso solo será para vos. Leer a Vallejo en una cárcel es como comprensible, y pienso en el efecto que tendrían estas líneas: “Yo vine a darme lo que acaso estuvo / asignado para otro; / y pienso que, si no hubiera nacido, otro pobre tomara este café!”.

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