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Columnistas

Leer, para hacer rabiar a los oscurantistas

opinion

Lado b

Al 50 por ciento de la población de La Antigua Guatemala no le interesan los libros. La afirmación proviene de la alcaldesa Susana Asensio, no como una preocupación sobre el poco acceso a la cultura y al conocimiento que pudieran tener los habitantes de la localidad, sino como una justificación para expulsar la Feria del Libro del Parque Central de la ciudad colonial. Aunque no sé de dónde la señora Asensio pudo haber sacado el porcentaje, no me atrevo a desmentirla. A ojo de buen cubero, yo hasta le agregaría un diez o un 20 por ciento más y es muy posible que me quede corto. Como a la gran mayoría de los guatemaltecos, estoy casi seguro de que a los antigüeños les interesan más las telenovelas (mejor si son de narcos), los juegos electrónicos, la pornografía y los chismes que leen en el Facebook, entre otros divertimentos contemporáneos. Es la triste realidad de los tiempos que corren, en donde las letras han sido soterradas por la tontería y la ignorancia.

En otras latitudes, constatar lo anterior ha puesto en estado de alarma a las municipalidades, a los ministerios de Educación y de Cultura y a variadas dependencias gubernamentales. Y, por lo general, han desarrollado políticas estatales del libro, bibliotecas, ferias, jornadas, campañas para revertir la situación o para ofrecerle a la gente herramientas de criterio para enfrentarse a la avalancha de desinformación y de entretenimiento basura con las que nos inundan las redes cibernéticas y los mass media. Es reconfortante pasearse por ciudades en donde los libros nos salen al encuentro al doblar cualquier esquina. En donde la gente lee en los transportes públicos, en las salas de espera, en los parques, en las aceras… En donde los políticos, los presidentes, los diputados, los alcaldes, los gobernantes ¡leen! y hasta son capaces de rendirle culto al libro y a sus autores. Una pregunta que repito, a riesgo de parecer necio: ¿Cómo pueden los políticos nacionales (o aspirantes a) tener un conocimiento profundo del país o de las comunidades que pretenden gobernar sin haber leído a Miguel Ángel Asturias o a Rafael Arévalo Martínez, sin tener conocimiento del Popol Vuh o de La verdadera historia de la conquista…, sin haberse acercado, aunque sea por curiosidad, a los escritos de Fray Bartolomé de las Casas o a La patria del criollo de Severo Martínez?

No todo libro que se lee, por supuesto, es conocimiento, cultura o entretenimiento inteligente. También se puede leer basura, pero solo el acto de leer, de descifrar signos con la vista y darles sentido, pone a funcionar una serie de funciones cerebrales que fortalecen las neuronas y agudizan la inteligencia. Si la gente gasta fortunas en gimnasios y en liftings, no veo por qué no puede invertir en ejercitar su cerebro. Tal vez porque no lo llevan expuesto, como aquellos marcianos cabezones de las películas, que eran de una inteligencia perturbadora.

Y bueno, si los alcaldes o los presidentes no quieren que leamos, esto nos da también una sana razón para la desobediencia civil (no se olviden que este 2017 Thoreau cumple 200 años) y ponernos a leer hasta los papeles que encontremos tirados en la banqueta. No hay feria del libro en Antigua, pero si la hay en el Forum Majadas, en donde por estos días se celebra la Filgua. Ahí pueden encontrar la suficiente cantidad de libros necesarios para hacer rabiar a los oscurantistas.

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