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Columnistas

Mujeres decimonónicas

opinion

SOBREMESA

Las mujeres guatemaltecas criollas del siglo XIX estuvieron totalmente apartadas de la vida pública, intelectual o de las bellas artes, salvo en contadísimas excepciones, como el caso de las discípulas del pintor miniaturista Francisco Cabrera, siendo Delfina Luna la más reconocida de todas, así como el caso de la poetisa Pepita García Granados, figura destellante y atrevidísima de su tiempo, quien nunca tuvo mordaza para decir lo que se le dio la gana, porque además de desenfadada, la sombra de su apellido se lo permitía. O casos puntuales y escasos como el de la escritora y periodista Vicenta Laparra Reyes de la Cerna quien avivó el mundillo intelectual entre las mujeres de su época, en tiempos en que el pensar y el opinar estaba deparado al sexo masculino.

Por lo general, la vida y el trabajo de las mujeres criollas decimonónicas se limitaba a la tarea de figurar en “sociedad”, espacio en donde los atributos de la belleza física y el peculio eran muy importantes, en el hogar,  obligadas a la sumisión y a la obediencia paterna o del esposo, y en el convento, en donde las mujeres, muchas veces consignadas a la fuerza, debían cumplir la norma sin objetar y a cabalidad.

Esta sujeción, al marido o al convento, estaba determinada por factores económicos, ya que las mujeres no estaban capacitadas para ganarse la vida por ellas mismas, salvo en oficios determinados y considerados  “menores” y poco remunerados como costura, fabricación de dulces, pequeños negocios de abastos o maestra de primeras letras.  Y en el caso  particular de las mujeres criollas, en puestos de mercados, empleadas de casa, o en general, a través de la aparentemente y proscrita, prostitución.

 Eran tiempos diferentes a los nuestros,  ya que el trabajar era considerado un castigo, un descrédito y  estaba mal visto, de acuerdo al decir de la época, “que trabaje el que no tiene, el pobre”.

Para la esposa, el hogar era su campo de batalla. En el ámbito doméstico su trabajo estaba considerado una obligación de género o visto como algo muy simple,  forma peyorativa de descalificar el trabajo que realiza la mujer en la casa, el cual consistía, en el mejor de los casos, en supervisar o bien ejecutar todas las labores domésticas: amamantar por larguísimo tiempo a los hijos, cuidarlos y educarlos. Comprar y preparar los alimentos; fabricar y reparar  las prendas de vestir de la familia. Atender y servir de manera solícita y diligente al esposo, quien nunca ayudaba en las tareas hogareñas ni con los hijos. Cuidar a los enfermos y, atender con diligencia y buena cara, a la múltiple prole que habitaba en la casa,  la que muchas veces incluía abuelos, parientes ancianos, solteros y entenados e hijas de casa, quienes jugaban una extraña y confusa posición mediática entre el grupo familiar y la servidumbre.

El ama de casa y la mujer en general estaba obligada a asistir a las ceremonias y ritos de la religión católica, en donde predicaban la sumisión y obediencia de la mujer en su vida cotidiana, la vida terrena entendida como un castigo o “valle de lágrimas” necesario para alcanzar la tierra prometida de la felicidad eterna, además de remarcar  la existencia de un infierno lleno de mujeres libertinas y monjas pecadoras, además de inculcar como si fuera una doctrina,  cargo de conciencia y la culpa, dejando a la mujer  más temerosa y desvalida.

Continuará

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