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Columnistas

El Titanic

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SOBREMESA

Por la ventana del comedor advertí que la lluvia había cesado. Se había puesto la noche, cuando la empleada encendió el farol de vidriecillos de colores que iluminó de nuevo el patio de las azaleas.

“Sabes, Conejo”, me dijo mi padre, como quien recuerda algo benigno y tierno, como el almíbar dulce y pegajoso que va soltando una bolita de miel de abeja cuando se va deshaciendo en la boca, “tu abuelo nos llevó al puerto de Southampton a presenciar el momento en que zarpó el gran Titanic”. Mi padre estaba conmovido y contemplé su mirada perdida en una latitud distante del tiempo, mientras su rostro dibujaba una sonrisa, supongo que la misma que tendría de niño, cuando arribó al puerto inglés la mañana del 10 de abril de 1912 de la mano de mi abuelo, para contemplar la proeza marítima del siglo.

“El día de hoy lo recordarán toda la vida” nos dijo tu abuelo con tono solemne, antes de buscar el mejor lugar para sentarnos en la tarima escalonada de madera que habían dispuesto a regular distancia de la proa del barco.

“Esa mañana, el puerto de Southampton estaba de fiesta. Una pequeña multitud de mirones y familiares nos habíamos reunido para despedir a los pasajeros del famoso trasatlántico, en medio de un paraje marino de inmensas embarcaciones y un puerto adornado con banderitas rojas y blancas, disparos de juegos pirotécnicos, vejigas de helio y música festiva de marchas marciales”.

Para entonces, ya nos habíamos resignado por haber perdido el viaje en el Titanic. “Y no se preocupen, niños…, los baúles con su ropa y sus juguetes llegarán antes que nosotros a Nueva York”, nos advirtió el abuelo para tranquilizarnos sobre el destino de las muñecas de las tías, mis libros de cometas y trenes, la enciclopedia Larousse Ilustrada que nos habían regalado los parientes y el caleidoscopio luminoso tan de moda entonces en París.

“El día que zarpó el Titanic, Lolita permaneció en cama cuidándose las paperas, y a nuestro regreso, subimos corriendo a su cuarto, emocionados, pegando de gritos a relatarles con pelos y señales lo inmenso que era el trasatlántico, con sus cuatro chimeneas vomitando humo sobre un cielo despejado azul celeste; el ensordecedor silbato de despedida que accionó el Capitán Smith, tan fuerte que tuvimos que taparnos los oídos con los dedos; el canto a coro de la multitud: God save de King, y los cientos de pasajeros, apostados en las barandillas del barco, despidiéndose de Inglaterra, felices, agitando pañuelos blancos, los que a lo lejos parecían palomas en vuelo.

Ya estaban por servir la cena cuando mi padre dio por terminada la historia del Titanic.

“Pero papá, dígame por favor, qué pasó con el baúl de los juguetes. Dígame qué pasó con sus juguetes”. No respondió a mi pregunta pues seguía viajando por los caminos de su infancia y del recuerdo. Solo alcancé a escuchar, como colofón de su historia “fueron más de mil quinientas víctimas las que murieron aquella madrugada, sin darle la mínima importancia a los juguetes perdidos en el naufragio.

Esa noche, me fui a la cama feliz, a pesar de la tragedia del Titanic. Mi padre me había llamado Conejo, algo que sucedía muy poco, únicamente cuando los astros del cielo se alineaban en órbita feliz y perfecta, y me adentré en un sueño profundo y lúcido que aún recuerdo: era yo, de niña, en medio del naufragio del Titanic, tiritaba de frío dentro del bote salvavidas, y contemplaba horrorizada una muñeca de celuloide grande flotando en el mar, vestida de encajes celestes y moña, con los ojos muy abiertos, muerta sobre las aguas tranquilas y heladas del océano Atlántico.

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