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Columnistas

La libertad de las gaviotas

opinion

Lado b

En Guatemala el centro correccional para menores en conflicto con la ley se llama Las Gaviotas, nombre de libros de autosuperación y de personajes de telenovela, aunque también de una de las obras maestras de Chejov. Toda mención a las gaviotas alude a la libertad y a la lucha por alcanzarla. Animales totémicos para los seguidores del new age e inspiración para poetas neo modernistas y escritores de letras de canciones de variedad. El clímax sería la música compuesta por Neil Diamond para la película Juan Salvador Gaviota, basada en la novela de Richard Bach. Cada vez que hay motín en la correccional Las Gaviotas, me da por quitarle el sonido a la tele y poner como fondo el disco de Diamond. Extraño, los muchachos se suben a los techos y extienden sus brazos como si quisieran volar. Seguir las imágenes acompañadas por estas canciones que exaltan la belleza de la fuga al límite del paroxismo y la cursilería, puede resultar una experiencia esquizoide. Tan esquizoide como nuestra realidad nacional.

La verdad, aquí las gaviotas no tienen nada que ver con la libertad, con esos atardeceres en donde la luz se expande en la inmensidad del horizonte o con amaneceres que nos invaden los sentidos y nos invitan a la comunión universal o qué se yo. Aquí, las gaviotas nos remiten a una cárcel para niños o jóvenes de alta peligrosidad. Según las autoridades, son sicarios, extorsionadores, violadores, antisociales y viven hacinados en celdas en donde casi es imposible respirar. No tienen nada y lo exigen todo. Comida, ropa, abrigo, un lecho para reposar. Son los fantasmas que nos amenazan y nos persiguen. Nos lanzan piedras y botellas de cerveza. Nos escupen a la cara su profundo malestar. Orinan sobre nuestras cabezas. Insultan, agreden, asaltan, matan. Surgen de las sombras en todos los rincones. Son hijos de la demencia, la miseria, el hambre, la ignorancia, la violencia, la corrupción. Hijos de un Estado fallido que los esconde, los margina, los despoja, los extermina. Los quema vivos en rituales de odio y resentimiento.

Y sin embargo se mueven, nacen, crecen, sudan, lloran, se reproducen, se desplazan por las alcantarillas y los techos, sueñan volar como las gaviotas que se pierden por el cielo o el océano o simplemente ansían respirar, amar a alguien, quizás, sentir otro cuerpo antes de morir… Los vemos ahí, en noticieros que parecen ser partes de guerra, sabiendo de antemano que tienen todas las batallas perdidas. Nada qué ganar, nada qué perder, nada qué ofrecer, salvo la rabia por vivir así. Como animales enjaulados, alimentando el odio. El suyo y el ajeno. Se enfrentan con el pecho descubierto a lo que venga, a los golpes, a las balas, a las bombas. No quieren morir, desaparecer en el hoyo negro y se aferran a la vida con las uñas. Existen y lo gritan, lo manifiestan con palos y con piedras, amenazando a la policía y a las buenas conciencias, a los espectadores que siguen los acontecimientos desde sus pantallas, mientras almuerzan, ríen, viven, respiran o piensan, de repente, en la libertad de las gaviotas.

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