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Columnistas

El Titanic (3)

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SOBREMESA

Conforme mi padre relataba la historia del Titanic, mis ojos se llenaban de asombro. Me persignaba agradecida por las paperas milagrosas de Lolita que habían impedido el viaje familiar e imaginaba el peor de los escenarios posibles, el caso contrario, al pequeño Luis vestido de trajecito y gorra, tiritando de frío, envuelto en un pequeño poncho de lana cuadriculado, la noche del hundimiento, diciéndole adiós a su padre, mientras el marinero tiraba a la mar a toda prisa el bote salvavidas número cuatro, en donde estarían también mi abuela y las tres tías asustadas, sollozando a gritos, rumbo a una viudez y orfandad prematuras.

No cabía en mi cabeza infantil, cómo aquel barco, el más grande del mundo, no contara con suficientes botes para salvarlos a todos, y cómo era posible, preguntaba una y otra vez, que la gente hubiera preferido hundirse con el barco, sin tratar de salvarse buscando una mesa, un mueble que flotara , o por lo menos, lanzarse de un brinco al agua antes que el barco se hundiera sin remedio y el mar se lo tragara como si fuera una enorme reposadera.

Mi padre guardó silencio y no respondió. Tomó el pichel con agua que descansaba en la mesa dispuesta para el refrigerio, y se dirigió al refrigerador. Con la mano echó un puñado grande de hielo y lo vertió en el pichel para que el agua se pusiera muy fría.

Yo no me extrañé de lo que hacía, pues solía beber agua helada para calmarse los dolores del intestino que lo aquejaban con frecuencia, y luego de dar un pequeñísimo sorbo al vaso, me ordenó: “Mete la mano en el vaso y aguanta lo más posible”. Yo le obedecía sin chistar palabra, dejando que mis dedos se hincharan por el frío, hasta ponerse morados e insensibles por lo elevado de la temperatura.

¿“Sentiste el frío intenso?”, me dijo, como si se tratara de un maestro de Ciencias Naturales y yo una simple pequeña pupila sin derecho a rechistar palabra. “Así de helada estaba el agua del Atlántico cuando se estrelló el Titanic, y los pasajeros sabían que si se tiraban al agua, morirían casi al instante de hipotermia.

Envolví mi dedo en la servilleta de tela que estaba en mi puesto y lo froté con fuerza para reconfortarlo hasta recuperar la temperatura y color, mientras mi padre absorto totalmente en la historia, se iba sintiendo el capitán del navío, E. John Smith, destinado a la muerte, su padre despidiéndose de la familia desde la baranda inclinada del Titanic, pero sobre todo, él de niño, cuando se puso a llorar cuando el médico informó a la familia, que no podría viajar de regreso a Guatemala porque las paperas eran de carácter muy contagioso.

“La noche en que se hundió el Titanic, la mayoría de los pasajeros descansaban tranquilos dentro de sus camarotes, algunos, inclusive, en compañía de sus perros.

Esa madrugada, la temperatura bajó muchísimo y el barco navegaba tranquilo frente a las costas de Terranova, deslizándose a toda marcha, en un mar tranquilo y sin olas, como espejo.

El iceberg lo avistaron hasta que lo tuvieron casi en sus narices. De nada valió el movimiento rápido de timón y el cambio de ruta ordenado a último momento. El golpe en contra de la montaña de hielo fue implacable y se sintió como un temblor muy fuerte, quizás, una sacudida de terremoto, aunque la abertura en su fuselaje no llegó a los cinco centímetros de diámetro” recordó mi padre aquella tarde de lluvia con verdadera tristeza.

Continuará

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