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Lombrices verbales

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Son varias las ocasiones en las que he dicho que la lengua y el lenguaje son como mapas abstractos o representaciones más o menos aproximadas de la realidad que nos permiten hacerla perceptible y transformable. Si aprendemos los mapas verbales que tienen otras culturas, podremos desenvolvernos en ellas porque las entenderemos y nos haremos entender. Si no lo hacemos, tendremos dificultades para comunicar, lo cual se aplica (no “aplica”, ya que el verbo “aplicar” es siempre reflexivo en español) también al uso del lenguaje al interior del mismo idioma: quien más registros lingüísticos domine, más facilidad tendrá para adaptarse a los diferentes entornos sociales y, por consiguiente, más poder de influencia y de acción desarrollará. Y al contrario, si un chico o una chica habla a sus maestros y profesores en la escuela como si fueran sus “panas”, “sus cheros” o “sus carnales”, por ejemplo, probablemente creará un cortocircuito en los canales de la comunicación.

De allí lo desesperante que es constatar el mal uso que se hace de nuestro idioma tanto desde el punto de vista léxico, como sintáctico y estilístico. Algunas amigas y colegas de Facebook, sensibles a estos fenómenos, los han calificado de “lombrices lingüísticas” para denotar su carácter parasitario. Desde el punto de vista del significado, por ejemplo, es frecuente que haya personas, incluso supuestamente instruidas, que desconocen lo que ciertos términos –que exigen un mínimo de cultura o de información histórica– como “derechos humanos”, “ideología”, “políticamente correcto o incorrecto”, quieren decir. O vemos las flagrantes confusiones de sentido entre “descendencia” y “ascendencia”, o el uso de la palabra “emergente” por “urgente”, y aberraciones como “aperturar” por “abrir”, “accionar” por “actuar”, llegando al abuso de expresiones diversas como “lo que es”, “el cual o la cual”, y utilizar a cada dos por tres adverbios-muleta sin contenido como “verdaderamente” y “realmente”. También nos topamos con los frecuentes errores cognitivos de afirmar de alguien que “es un idiota”, en lugar de precisar que “lo que esa persona dijo o hizo es una idiotez”, o que “se comportó de forma idiota”, por ejemplo.

Prosiguiendo esta reflexión, mencionaré dos lombrices que han proliferado como serpientes en la selva de las redes sociales guatemaltecas y que contienen la misma venenosa y ambigua amabilidad que las conocidas fórmulas “Mi estimado X” o “Mi queridísimo Y”. Se trata de expresiones que parecen ser de uso más bien femenino, quizás por su connotación pretendidamente maternal: “Mi gordo” es una de ellas, y la otra, la exclamación “¡Mis ternuritas!”, aunque existe también la variante eufemística “Esto me causa una gran ternura”, para indicar, subliminalmente y con sarcasmo, que es justamente a la inversa: “Esto me causa un rechazo o un desprecio inconmensurables”. Igual que en la fórmula paternal “Mi estimado”, aquí las maternales “Mis ternuritas” y “Mi gordo” vomitan a menudo dosis volcánicas de agresividad pasiva disfrazada, que por algún mecanismo retorcido –quizás por nuestros complejos de inferioridad y la dificultad que tenemos de expresar de forma clara y directa ciertas emociones–, baña a la pobre víctima o víctimas, desde cierta presunta y autoproclamada superioridad moral o intelectual, de una espesa baba de desprecio, asco y condena. Por eso, yo invitaría a aquellas personas que utilizan estas frases a que reflexionen sobre el hecho de que las mismas dicen bastante más de quien las pronuncia que de quien las recibe, y a que se purguen.

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