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Maestros de escuela

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Lado b

El pasado 25 de junio se celebró en Guatemala el Día del Maestro. Mi madre y mis abuelas fueron maestras y yo durante muchos años el único título académico que ostenté fue el de Maestro de Educación Primaria Urbana, una profesión que desapareció en medio del caos institucional que nos legó el Partido Patriota. Una lástima, en verdad. O mejor dicho, una catástrofe. Desde que tengo uso de razón, mi vida de una u otra manera ha estado ligada al magisterio. El olor del grafito me es tan evocador como el sabor de la magdalena lo fue para Marcel Proust. No he escrito aún mi Búsqueda del tiempo perdido, pero todos los días me encomiendo a él, el Maestro. Crecí en casas repletas de lápices, crayones, cartulinas, cuadernos, uniformes… Conozco de memoria canciones y poesías cantadas y recitadas en todos los actos escolares posibles. Pasé demasiadas horas observando a mi madre y abuelas preparar sus lecciones o dibujando materiales didácticos. Los primeros recuerdos que tengo de  mi infancia están relacionados con salones de clases o con la escuela de San Martín Jilotepeque, en donde mi mamá se encargaba de la preprimaria. Ahí cursé párvulos como tres años seguidos, en medio de una algarabía de niños ladinos e indígenas. Aún puedo recordarme de muchos rostros y nombres. De un tambor que toqué en un desfile. De los disfraces de pingüinos y mariposas que mi madre confeccionaba por las noches.

Luego estaba la escuelita de Tulumaje, un pueblo perdido en el fin del mundo o por ahí cerca. Mi abuela Amparo se encargaba de todos los grados. Escuela unitaria la llamaban. Pasaba temporadas con ella y como no había mayor cosa que hacer, la acompañaba a dar sus clases. Ahí aprendí cosas que han sido definitivas en mi vida, que me enseñaron a rebelarme ante el abandono y la pobreza. Durante más de 60 años, la vida de mi abuela consistió en llevar el “conocimiento” y el “progreso” a pueblos en donde no se conocía la luz eléctrica. Para ella la civilización entraba a base de oraciones bimembres, de sumas y restas. Obtuvo una medalla de honor al mérito y un sueldo de 150 quetzales al momento de jubilarse. Estaba feliz y me mostraba la condecoración cada vez que me sermoneaba por el pelo largo y los pantalones rotos. Me heredó su “auxilio póstumo” y un montón de repisas espantosas que sus alumnos fabricaban como trabajos manuales. Por ahí debo de tener guardados una serie de libros de texto, de aquellos que regalaba la Alianza para el Progreso. Cada vez que encuentro alguno por accidente, me acuerdo de donde soy y de donde vengo: de aulas escolares tapizadas de mapas de Guatemala, de dibujos de cuerpos humanos, de cromos de próceres de la Independencia.

A esto tendría que agregar mis escuelas, mis maestros. Cuando la seño Esperanza Catalán me enseñó a leer y escribir, yo nunca me imagine que en esas me iba a pasar el resto de la vida. Leyendo o interpretando textos o tratando de escribir una oración verdadera, o al menos coherente. En las paredes de las aulas del Constancio C. Vigil o de La Salle de La Antigua se quedó inscrito demasiado de mí mismo. Hace 40 años me gradué de maestro de escuela, y es una de las pocas cosas de las cuales en verdad me siento orgulloso. Mis amigos de la promoción continúan para mí siendo entrañables. Queríamos cambiar el mundo. Hacer honor a la máxima aquella de que el maestro es el revolucionario silencioso. Casi todos nos comprometimos en eso, a fondo. Y de cerca o de lejos, nos mantenemos ahí juntos e incorruptibles. Soñando con un mundo más humano y más libre. Apostándole todo al conocimiento. Para ellos, mis hermanos, mis semejantes, están escritas estas palabras.

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