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Columnistas

El Titanic (2)

opinion

SOBREMESA

“Por varios días no le dirigimos la palabra a Lolita”, dijo mi padre para iniciar la conversación sobre el Titanic, aquella tarde lluviosa de junio.  “Sus paperas obligaron a devolver los boletos del transatlántico de la White Star Line que nos llevarían de vuelta a Guatemala, tras la larga visita familiar en casa del abuelo en París.  Estábamos tristes, debo admitirlo, porque aquél no era cualquier barco, era el famoso Titanic, del que todos hablaban en la calle, y los diarios anunciaban como el gran invento del siglo, la nave que ni Dios podría hundir, frase que mi madre escuchaba con indignación, persignándose dos veces por el atrevimiento de la gente desafiando lo sagrado.  Pero no reprochamos a Lolita por la ilusión perdida, la de viajar por los mares del Atlántico en la inmensa ciudad flotante, con jardines repletos de palmeras y flores, campo de tenis y de golf en miniatura, avenidas larguísimas con vista marítima para caminar durante el trayecto, biblioteca, comedores, salas de estar decoradas simulando el palacio de Versalles, muchos salones de baile y uno, exclusivo, para el uso infantil.  Antes del naufragio, estábamos muy tristes con la cancelación del viaje, y para castigar a la pobre Lolita, decidimos no visitarla en su lecho de enferma, en donde mi madre la tenía inmóvil según orden médica, con un enorme pañuelo de seda floreado amarrado en la cabeza para detenerle dos finísimas rodajas de papa cruda encima de la hinchazón de las paperas, remedio casero de Guatemala que la nana Chus nos aplicaba en casa para desinflamar la hinchazón de la cara.”

“El Titanic fue el barco de pasajeros más grande del mundo”, repetía mi padre mientras retiraba de la mesa del comedor los platos del servicio para hacerse de un espacio donde poder escribir.

Se cambió de lentes, por los pequeños espejuelos redondos de lectura, y buscó en el bolsillo del traje una hoja de papel de cuadrícula pequeña, muchas veces doblada con varias anotaciones en tinta roja. La extendió del lado que estaba libre de mancha y con habilidad de artista comenzó a delinear con tinta negra de pluma fuente, la silueta de un barco, el que a mi entender de niña era enorme y portentoso porque abarcaba todo lo ancho y largo del papel.

En manos de mi padre, la plumilla corría ligero sobre el papel, marcando con destreza, debajo del dibujo hecho a mano alzada, las  cotas indicando las dimensiones del barco, de más de tres cuadras de largo y tan alto como un edificio de diez pisos, navegando sobre un mar de pequeños remolinos que mi padre dibujaba imitando olas.  Conservo aún aquel bosquejo que utilizó mi padre aquella tarde lluviosa para ilustrar la historia:   una nave sorprendente y en mi imaginación misma sentía el aire salobre pegándome en la cara, y el sonoro silbato de despedida rebotando en mis oídos,  mientras el barco recorre a toda marcha las aguas heladas del Atlántico sin mis abuelos, papá y tías, gracias a las paperas de Lolita, justo antes de encontrarse con el iceberg de hielo,  a toda máquina, con sus  cuatro chimeneas humeantes,  las que mi padre sombreaba despacio para resaltar los colores de la realidad.

“Cuando los pasajeros entendieron que ya no quedaban lanchas salvavidas y que el barco se hundía sin remedio elevando el pico de su popa al cielo, muchos pasajeros decidieron lanzarse al agua, sin importar la altura, los inmensos pedazos de hilo que flotaban en la superficie y el viento Norte de la madrugada.

Las luces del barco se fueron apagando poco a poco y la oscuridad se tragó al gran Titanic, mientras ocho músicos de la banda amenizaban la tragedia interpretando el Nearer, my God, to Thee (Cerca de ti Señor): los abrazos, las manos abiertas separadas a la fuerza,  el llanto de los niños que no entendían lo que sucedía aquella madrugada del 15 de abril de 1912.

Continuará.

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