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Columnistas

El Titanic

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SOBREMESA

Por el ventanal del comedor se miraba la lluvia. El agua ya había rebalsado los macetones de las azaleas, y la reposadera de seis agujeros redondos, alineados como los puntos de un dado, se atragantaba con el agua empozada en el patio de lajas de piedra. En el comedor, la luz era tenue y de color amarillenta. Mi padre se sentaba en la cabecera, en la silla grande de madera y cuero, como de rey inglés, a refaccionar; y yo, a su derecha. A su lado me sentía pequeñita y temerosa, como conejo asustado de orejas gachas y nariz húmeda temblorosa. En el lugar solo estábamos él y yo.

Conocía muy bien el ritual: Un vaso grande y transparente donde caían los flequitos de nieve de una leche desabrida con sabor a caja, desgrasada, de marca Starlack. Luego vertía dos cucharadas copadas de azúcar, un chorro de agua de café de percoladora y el movimiento rápido y continuo con la cuchara para disolver la mezcla hasta convertirla en una bebida espesa que mi padre iba sorbiendo despacio, a traguitos, pintándole un pequeño bigote blanco y cremoso sobre la comisura del labio superior.

Su presencia me daba miedo, con ganas de salir corriendo, por lo que aquel día, para distraer el silencio, tomé de la panera un pan francés recién traído de Las Victorias y lo unté con abundante mantequilla. Un refresco de mora espeso y dulce acompañó el refrigerio mientras esperaba con la boca cerrada, recordando sus palabras, muchas veces repetidas: “¡Déjame oír mis pensamientos!”.

La lluvia no cesaba de mojar el patio y mi padre se puso los lentes de lectura, redonditos de cristal muy grueso para leer el diario El Imparcial. Yo espero paciente que cumpla su ofrecimiento, la promesa hecha días atrás, la de relatarme los sucesos del hundimiento del Titanic. Para mientras, yo pensaba en las afortunadas paperas de mi tía Loly, que atrasaron su viaje de regreso a Guatemala, porque debido a la hinchazón de sus cachetes la familia ya no se embarcó en el Titanic la mañana del 10 de abril de 1912.

Papa, ¿sabe usted por qué estoy aquí?, me atreví a preguntarle, interrumpiendo su lectura del diario. Bajó el periódico y me miró directo, con sus intensos ojos azules cubiertos por el cristal de los anteojos.

Estaba segura que no se recordaría de su ofrecimiento, pero para mi sorpresa me contestó, un “por supuesto” contundente e imperativo, “en un momentito estoy contigo, solo finalizo de leer el obituario del día”.

Ensalivé mi pequeño dedo índice con el que traté de atrapar todas las migas del pan francés que habían quedado rezagados en el plato y me detuve buscando restos mínimos de mantequilla en el plato para luego saborearlos, dando tiempo a que mi padre terminara su lectura y la página de compra-ventas de la última página del periódico, para que empezara el relato, el más impresionante de todos, según mi imaginación infantil, la del hundimiento del Titanic.

Continuará.

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