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Hacerse hombre

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“El hombre no tiene por qué entrar a la cocina; si lo hace, hay que ponerle un delantal para maricas”, era una de las advertencias pedagógicas con las que el abuelo de mi amigo de infancia, Guillermo Ch., intentaba educarlo para que fuera machito. En Guatemala, éste jamás tuvo que levantar la mesa después de las comidas, ni lavar la vajilla, ni hacer nada de nada, pues todo lo hacía “la muchacha” o la abuela. Y no fue sino hasta que cumplió quince años –cuando la mamá, que se había ido a los Estados Unidos cinco años antes, vino a buscarlo y se lo llevó–, que él aprendió a lavar platos y a realizar algunos oficios. “Siempre le agradeceré que me haya sacado del país, porque aprendí a limpiar, a cocinar, jardinería y albañilería, y ahora sé hacer de todo”. También agradece a los Estados Unidos el haberle dado la oportunidad –eran tiempos mejores para obtener papeles– de hacerse un hombre de verdad.

Esta conversación me dejó sabores extraños. Fue fantástico hablar, gracias al milagro de Facebook, con mi viejo amigo de la colonia Mariscal e intercambiar experiencias de tantos años. Ambos nos habíamos ido de Guatemala –él lo hizo antes que yo y, por otra parte, decidió no volver, salvo de visita. Sin embargo, tal parece que al quedarnos afuera tanto tiempo y al haber tenido vivencias similares, nos mantuvimos curiosamente en la misma longitud de onda a pesar del silencio y la distancia. Le conté que en mi caso, fue también en los Estados Unidos, a los dieciocho años, con una familia gringa de New Orleans, que lavé la vajilla e hice tareas domésticas por primera vez en mi vida, y que descubrí que los gringos podían ser agradables y generosos. También en ese periodo trabajé como negro y con negros en un car-wash para ganarme mis primeros dólares contantes y sonantes que me permitieron, de vuelta a Guatemala, pagarme el enganche de mi primer carro.

Guillermo me contó sus peripecias en el oficio de la albañilería en varios estados de la Unión para una constructora de hoteles. Yo le narré mis aventuras en los hoteles de París como barman y como recepcionista durante varios años, mientras estudiaba. Incluso durante algunos meses fui ayudante de plomería en el edificio del prestigioso periódico “Le Figaro”, en el que además de extasiarme observando cómo se imprimían todavía las páginas del periódico con “tipos” de imprenta –apenas empezaban a surgir los métodos de impresión por “fotocopia”–, debía incursionar en el inmenso edificio para destapar lavamanos, retretes y desagües, actividad bastante desagradable y pestilente, pero bien pagada. Y claro, es en circunstancias como esas que uno descubre que todos los trabajos son dignos, especialmente los manuales. Como dato curioso diré que, cuando años después trabajé como profesor en la Universidad de Leipzig, en Alemania Oriental, descubrí con sorpresa que todos los obreros calificados del país ganaban el doble de salario que los intelectuales, cosa que prácticamente nadie en el mundo capitalista cree o puede imaginar.

En fin, este encuentro con Guillermo me hizo valorar de nuevo la importancia que tiene el obligar a los hijos (hablo de las clases medias más o menos acomodadas) a que trabajen y aprendan a “destetarse”, o sea, a volverse autónomos y responsables de sus vidas. Por desgracia, parece que estamos criando demasiados parásitos y parásitas, es decir, una generación idiotizada y dependiente que devora los recursos y la energía de los padres, simplemente porque estos se lo permiten. ¡Y se dice que ellos son el futuro del país, miren ustedes qué chiste!

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