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Tocándome los huevos

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EL BOBO DE LA CAJA

Hablaré sobre algunos encuentros que he tenido, lindantes con la homosexualidad.

Meses atrás, el papá de Gloria Álvarez expresó públicamente que “la planta de maricón” me delata (poco después, en un pulso que no quisimos divulgar, él y yo solventamos pugnas). Y hace unos días, en este mismo espacio, yo mismo anunciaba que me casé… con una mujer; lo cual, si vamos a ser suspicaces, no revela nada de mi condición de género: ¡cuánta gente no se une en matrimonio nomás para ‘taparle el ojo al macho’!

¿Y entonces, qué?, ¿soy o no soy hueco? Dejaré abierta la cuestión, por el puro gusto exacerbar a los morbosos y –sobre todo– de poner en jaque a la abundante legión de puritanos empecinados en reprimir las alas de libertad en Guatemala.

Pasé mi infancia y adolescencia en un colegio de curas, lo cual equivale a decir rodeado sólo de hombres (salvo unas pocas maestras, azarosos blancos de toda depravación imaginable). Entrar a los baños era ver, dibujadas en paredes y puertas, las obscenidades más fogosas. Muchas de ellas reproducían situaciones y textos claramente homoeróticos. Siempre me quedó la duda de quién o quiénes lo hacían, y por qué. Luego supuse que era una válvula de escape, una manera de zafarse el corsé del tabú. Y dejé de pensar en el asunto.

Tuve un jefe homosexual. Recuerdo la escena, repetida varias veces; yo sentado delante de mi escritorio, él pasando detrás de la silla, acariciándome el pelo, haciéndome piojito. No sentí asco ni humillación, pero sí incomodidad. Cierto día vi un bulto poco creíble en el arco de su pantalón. Deduje que era una prótesis, y que se la había ensartado para provocarme. Conjeturas, nomás: pormenores que no se pueden demostrar, salvo que se meta uno en camisa de once varas (que era justo lo que no quería). Varias veces intentó suicidarse, con ansiolíticos. Hasta que se hizo de un novio, se fueron a vivir juntos y dejó al fin de chingarse a sí mismo y a los demás, por fortuna.

El glamour del mundo gay lo conocí gracias a un equipo de putas futbolistas con quienes me involucré en un documental, y cuyo entrenador era Kimberly, un travesti de lo más simpática, de lo más extrovertida. Nos hicimos amigos y, acompañándola, supe lo alegres y desenfrenadas que son las parrandas de huecos. (Ni modo: con lo que les cuesta salir del clóset en esta sociedad de talibanes, ¡una vez afuera, la liberación no se anda con medias tintas!).

Se me arraló la caca en Berlín cuando, en un chonguengue –digamos– ‘muy alternativo’, haciendo cola para entrar al baño sentí ¿la presión?, qué digo, el acoso del de atrás queriéndome ensanguchar con el de adelante: imaginen a un par de cerotones enormes, de dos metros, casi. “Ataques en manada no, por favor”, les dije. Y aflojaron.

De último, la anécdota más extravagante. Tras años de no vernos, coincidí en la Antigua con un cuate, ex yonqui, que en el ínterin tuvo un accidente y quedó en silla de ruedas. Su patín era para entonces el cultivo de plantas medicinales y un riguroso seguimiento de técnicas chamánicas de sanación. ¿Su gurú? Un engatusador de dudoso origen indígena, a cargo de cuidar el vergel. Conociendo el sembradío lo conocí a él también. Dijo que no era la primera vez que nos cruzábamos. “Tú tienes un aura especial”, sostuvo; “yo puedo verla”. Me convenció de una sesión para “auscultar mis energías”. Por mula, y por curioso, dije órale pues… y ahí me tenía, en calzoncillos, yo alerta, él mira que te mira. Cuando preguntó si podía tocarme los huevos caí en cuenta del embuste. Le solté una mirada que lo hizo retroceder, me vestí presuroso y a zancada limpia hice mutis por el foro. Fue la última vez que supe de ambos.

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