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Oda al centro

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SOBREMESA

Aún recuerdo muy bien aquella mañana de sábado del mes de agosto cuando nos mudamos del Callejón Normal y del Centro. La cuadrilla de cargadores de la mudanza entró como Pedro por su casa a nuestro apartamento, invadiendo sin quererlo, nuestro espacio, y en un santiamén cargaron con nuestros haberes, tan rápido, que no nos dimos cuenta en qué momento el apartamento quedó totalmente vacío,

Una angustia ancestral me heló la sangre. Me sentí desconsolada. Ese mismo sentimiento de orfandad y desolación que experimenté cuando volvimos del cementerio, después de enterrar a mi madre, y comprendí que la casa materna se había quedado de repente vacía, a pesar de los muebles y el canario del patio que cantaba indiferente, como si nada hubiera pasado.

Seguimos de cerca por la calle al camión de la mudanza, y de reojo contemplé el anuncio luminoso de la Óptica Alonso de la esquina del edificio, y por una fracción de segundo sentí que vería a mi padre, ya anciano, aparecer en la esquina, como solía hacerlo cuando regresaba caminando después de misa de doce.

A lo lejos vi el balcón de la casa materna, y sentí que sería imposible cortar el cordón umbilical que me unía con tanta fuerza a la casa, a la calle, a los recuerdos, a la gente, a las historias, a los sonidos y personajes del Centro, lugar en donde viví por tanto tiempo, más de treinta y cinco años, en donde eche raíces, formé  familia y nacieron mis hijas.

Tengo que admitir, el Centro me atrapó dentro de su deslumbrante y colorida caja de sorpresas. Gracias a la infancia y a la vida cotidiana que disfruté en aquel inmenso espacio de calles rectas de caserones antiguo y destartaladas y edificios sesentones forrados de vidrios. Llena de templos inmensos con olor a candela,  como el de San Francisco, habitados por ancianas diminutas, arropadas por su fe y por la mano benigna de sus santos y nazarenos.

Un Centro con sonido de campanas, de zanates que revolotean a las cinco en punto de la tarde para buscar cobijo en los árboles de los parques; panaderías centenarias llenas de champurradas y molletes enharinados, o refresquerías, como el Divino Rostro, con vitrinitas a la calle mostrando la delicia de las polvorosas, higos jugosos y botellitas de miel. Pero sobre todo, habitado por cientos de miles de personas que, como hormigas,  vivíamos en el barrio más antiguo, inmenso, emblemático e histórico de la ciudad capital.

Acostumbro a bromear diciendo que ahora soy un habitante virtual del Centro, el cual se ha convertido en personajes principales o importantísimo telón de fondo de mis relatos. Cuando hace no muchos años  abandonamos el Centro porque el espacio que habitábamos en un quinto piso nos quedó estrecho por la llegada de nuestra quinta niña, pensé, para consolarme, que siempre podría regresar al Callejón, en donde estuvo la casa de mis abuelos, a la casa donde viví con mis padres y hermanos y al edificio.  Que con golpear el tocador de la puerta de calle de la casa materna se sucedería el sortilegio, y que de nuevo presenciaría al señor de los pájaros con su jaula de azulejos y cardenales, a Pablo García, María Morales y a su novio imaginario; a mis padres Luis y Mariíta, a doña Berta acongojada, vestida siempre de negro; la buena sor Cecilia con su cofia voladora y el abuelo Dámaso, a quien nunca conocí sino de oídas, y tuve que inventarlo en mis relatos para tenerlo cerca, y entonces, ya todos reunidos de nuevo, se sentarían conmigo en la mesa del comedor de la casa a la hora del café, a contarme sus historias.

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