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We are the world

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EL BOBO DE LA CAJA

Vivir en África ha sido traspasar un umbral y verme de pronto sumergido en medio de realidades muy distintas que antes, por la distancia, veía displicentemente como un bloque continuo, sin mayores matices; convulso y trágico, sí, pero –por fortuna– ajeno.

Eso cambió. Burundi, Uganda, Togo, Mali, Camerún, Burkina Faso, Namibia, Eritrea, Mozambique se me revelan ahora como esbozos diferenciados que (entre otros, juntos) completan un continente enorme, apabullante. Poco a poco voy redibujándome las cosas a partir de lo que absorbo de manera directa, dejando atrás el lastre de los estereotipos:

Animales raros, naturaleza exótica, tribus antediluvianas, dictadores estrafalarios, milicias abyectas, pavorosas guerras, miseria infrahumana, abejas asesinas, sida, moscas, sed y hambre. Un combo explosivo, pero al mismo tiempo irresistible. Todo lo que nos asusta pero nos gusta, como dice la canción.

Tal vez ahí, de la mano de tanta preconcepción burda, se explica porqué algunos artistas famosos, gente dotada de sensibilidad (además de dinero), abrazan con tanto fervor la causa africana. De cuando en cuando vienen a echarse un su colazo; derraman lágrimas, subvencionan una oenegé, pronuncian conmovedores discursos y de paso adoptan a un par de huerfanitos. Las cámaras y micrófonos se encargan del resto. Son astutos operativos de relaciones públicas que combinan el safari cultural, la filantropía como ardid y la evacuación humanitaria de bebés.

De inmediato el acontecimiento cunde y se convierte en moda: no es cool permanecer indiferentes. Pobrecitos los pobres, qué malos son los malos, qué jodida está la chusma por acá; pero, ¿saben qué?, hay un rayo de esperanza, podemos salvar vidas si ponemos cada uno nuestro granito de arena y hacemos algo todos juntos ya.

Resulta fascinante cómo estas causas-fetiche, elevadas a trending topic, logran sensibilizar –pongo por caso– a una ama de casa guatemalteca sobre la matanza de ballenas en los mares del Japón o sobre la ablación de clítoris a recién nacidas en Sudán; aunque, si le preguntamos sobre el holocausto ixil en tiempos de Ríos Montt o sobre las operaciones de ‘limpieza’ social en tiempos de Berger, el asunto se le haga un poco más escabroso y prefiera mejor apoyar la Teletón y el McDía Feliz (ahora también está la opción de protestar contra el maltrato de
caballos en el casco de la Antigua).

Así funciona el mercadeo de la culpa y de la lástima. Me acuerdo que a mediados de los ochenta a Michael Jackson se le ocurrió convocar a sus amigos para juntos grabar, de la mano de Quincy Jones, aquel himno generacional a la sensiblería: We are the world, we are the children. Hasta Bob Dylan, misántropo entre los misántropos, aparecía por ahí, siguiendo la cadencia del góspel; titubeante, medio con pena, intentando pasar desapercibido en el video.

USA for Africa, se llamaba la campaña. Por supuesto, sirvió más como escaparate de luminarias que como palanca movilizadora de cambios. Me explico: no hay objeción en reconocer que, en muchos sentidos, esta región del mundo se encuentra un poco mejor que antes; pero ojo, que los problemas de fondo están lejos de resolverse. Se necesita mucho más que sólo cancioncitas y buenas intenciones para hacer realidad eso que el mismo Jacko cantó años después en otra de sus empalagosas baladas: Heal the world, make it a better place for you and for me and the entire human race…

Lo mismo con la responsabilidad social empresarial. ¿No sería más congruente que pagaran bien a sus empleados, tributaran en regla sus impuestos e invirtieran sus utilidades en el país, en vez de inscribir oficinas de cartón en Panamá?

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