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Esperando al Sargento Pimienta

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Lado b

Desde mi pupitre del segundo primaria del Constancio C. Vigil era demasiado complicado, sino imposible, enterarse de lo que estaba ocurriendo en el mundo en aquel prodigioso y turbulento 1967. Mientras el verano del amor se extendía de San Francisco hacia diferentes rincones del planeta, nosotros le rezábamos al Ángel de la Guarda, dulce compañía, para que no nos desamparara ni de noche ni de día. Mientras los Beatles cantaban Strawberry Fields Forever, nosotros entonábamos a todo pulmón Canto palpitante de amor y alegría o Va el burrito paso a paso al compás del piano de Don Chemita Vielmán, una leyenda de la música para niños, al menos en La Antigua. La sicodelia entró a mi vida a través del vestido de una prima. Era de una tela estampada con burbujitas de todos colores y le llegaba por encima de las rodillas. Fue mi mamá la que mencionó la palabra, algo así como “hoy si te dejaste venir sicodélica”. No sé si mi prima estaba enterada de lo que ocurría en Carnaby Street o en  Haight Ashbury, pero lucía la prenda retadora. Es decir, la contracultura llegó a nuestra apacible, y un tanto aburrida, vida familiar de manera bastante humilde, sin Jimi Hendrix reventando la guitarra con Purple Haze, y ahí sí, dejando absolutamente atónitos a los asistentes del Monterey Pop Festival.

No se cuánto es la distancia entre La Antigua Guatemala y Monterey, pero en aquel entonces deben de haber sido como tres siglos. Si la misma Janis Joplin no se creía lo que estaba sucediendo, imagínennos a nosotros en un lugar en donde lo más excitante era que tu mamá te llevara a comer hot dogs al restaurante San Carlos. Ahí había una rockola en donde de repente sonaba Es Lupe, Lupita mi amor de los Johnny Jet’s. Pero a mí, los que realmente me alucinaban aquel año eran los Monkees, aquel programa de televisión que más tarde supe que estaba dirigido por Bert Schneider, el realizador de Five Easy Pieces y productor de Easy Rider. Lo mirábamos con dos cuatas de la colonia e imitábamos torpemente los bailes. Lo nuestro era la danza primitiva, tribal, y así vivimos los acontecimientos. Ninguno de los tres llegaba a los ocho años. Lo que sí recuerdo es que oír a los Monkees era como salir a recreo. Y mientras nosotros armábamos relajo con  (I’m Not Your) Stepping Stone, que diez años después retomarían los Sex Pistols, los chavos de la cuadra, sicodélicos ellos, sacaban la guitarra y cantaban una luna llena, bajo las estrellas, una rola con la que yo intenté iniciar una carrera de cantante en las clases de costura del colegio (sí, en el Constancio hacíamos costura, y qué).


Además estaba Batman, en su versión más pop, con el Pummm! Crackkk! Ahhggg! estampándose en la pantalla de la tele, que en aquel entonces se miraba en verde y blanco. Y el cine, las matinales de los domingos, en donde no precisamente proyectaban Fellini Satyricon, sino licas de Enrique Guzmán, Angélica María, Hilda Aguirre (aka Sor Yé Yé). A mí me encantó Lanza tus penas al viento, con Alberto Vásquez cantando en un vagón de tren que se balanceaba al ritmo de la música, con chicas a go go en minifaldas bailando por encima de los asientos. Eran medio fresas todos, pero a su manera, nos anunciaban que algo se estaba moviendo. Un temblor de aquellos, que esta vez si iba a partir en dos el volcán de Agua.  

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