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Columnistas

Clarivigilia primaveral

opinion

Viaje al centro de los libros

El poema Clarivigilia primaveral de Miguel Ángel Asturias, su obra breve más densa y compleja, ha sido publicada recientemente por el Ministerio de Cultura para distribución gratuita durante este mes de homenaje, celebrando el medio siglo de la recepción del Premio Nobel. El homenaje es honroso, aunque lamentable que la expresión pública sea hoy más nutrida que en su momento, confirmando esa costumbre nuestra de enterradores. Pero más vale tarde que nunca.

El poema es un ejercicio de intención épica, ambientado en el mundo precolombino. Trata del retorno al tiempo de los dioses y demonios, cuando las fuerzas del bien (Ambimano Tatuador del mundo) y del mal (Águila de los perros rabiosos) se debatían sobre el sentido del arte, que es el fuego que Prometeo compartió con los mortales, por lo que pagó en el imaginario griego con suplicios y cadenas. En el mito asturiano, el fuego es el arte, y el castigo la cacería, el derramamiento de sangre perpetuo de Cuatricielo, quien con su muerte repetida emula la memoria cristiana de la Pasión.

En los mismos días de la escritura de Clarivigilia…, Miguel Ángel escribió la Leyenda de las tablillas que cantan, donde aborda la razón de ser de la escritura creativa. Relata la participación de Utuquel en la competencia de poetas, siendo viejo y la séptima ocasión su última oportunidad. El trasunto es que no existe la originalidad, que todo escrito es ajeno. Utuquel gana, y los honores se interrumpen porque un caudillo guerrero lo destina arbitrariamente al olvido. Y también escribió la leyenda de Quincajú, donde plantea la preocupación de la inmortalidad del artista, “desaparecer” frente a lo común del “morir”. E insiste en su exploración en la Leyenda de la máscara de cristal, dedicado a la escultura, donde la obra se revela contra Ambiastro, su creador. El artista es desterrado y condenado a trabajar en piedra, prohibiéndosele la madera y otros materiales blandos. Aislado, se ocupa de hacer una máscara, que llevará puesta sobre el rostro cuando al final perezca y sea enterrado, desfigurado, ocultando su identidad. La obra del artista, expresada en el mundo antiguo, se voltea en contra de su creador y lo sepulta.

En estas piezas, Miguel Ángel Asturias utilizó la figuración del mundo precolombino como escenario ficticio, pero lo que dejó expresado fue su ars poética.

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