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EL BOBO DE LA CAJA

Vayámonos a Ruanda: es 1994 y una oenegera europea de veintipocos años recibe, por fin, instrucciones de evacuar el país. Trabaja para un organismo internacional célebre por ser siempre los últimos en abandonar las regiones en conflicto, justo al borde del descalabro final.

Habían zafado bulto ya “todas y todos” los cooperantes, el cuerpo consular y diplomático en pleno, los de la ONU, los de la UE. Todos. El genocidio (hutus, tutsis, ¿remember?) alcanzaba sus crestas más dantescas. Millones de seres humanos despozolados a granadas y machetazos en cuestión de semanas, sus restos esparcidos aún en las calles, tendidos en las aceras, las tripas de fuera. No, no es una película de zombis. Ocurrió de verdad.

Abriéndose paso, como en medio de un cuadro de El Bosco, sola, subida en una camioneta 4×4 le toca cubrir la distancia hasta el aeropuerto y escuchar a cada instante los huesos de los masacrados crujiendo bajo las llantas del vehículo. Tuvo que conducir, literalmente, sobre una alfombra de cadáveres.

Cuenta que el recuerdo no se le borra aún después de casi un cuarto de siglo; y yo le creo, mientras evoco aquella otra imagen que tanto me impactó cuando me la relataron: fue en Nueva York, para el once de septiembre; me hallaba en esa ciudad alojado donde un amigo, médico, quien tuvo que interrumpir su jornada regular para irse a atender la emergencia en la Zona Cero en apoyo a bomberos y rescatistas. Yo estaba a escasos dos kilómetros de ahí pero no había manera de franquear el perímetro, acordonado por la policía.

Más tarde, al encontrarnos ambos en casa, me confió que su mayor impresión fue escuchar los timbrazos de cientos, tal vez miles de teléfonos celulares sepultados bajo los escombros: gente con el alma en vilo, desesperada por saber si sus parientes y amigos estaban aún con vida –lo más probable es que no.

Todavía hoy me turba rememorar el cuadro, a pesar de no haberlo vivido en carne propia. Ni falta me hace, es como si yo mismo hubiera estado ahí también: hay escenas que, aunque narradas de manera oral, o incluso por escrito, poseen sin embargo tal nivel de intensidad, tan estremecedora potencia que uno cierra los ojos y puede verlas, palparlas, olerlas, escucharlas a detalle. Memoria e imaginación son variantes de una misma facultad contemplativa.

Lo mismo me pasó cuando leí sobre el hijo del predicador que atropelló a quince (¿eran quince?) adolescentes en la San Juan. Sentí el impulso de llenar algunos vacíos, entender ciertos detalles de importancia más allá del abecé general. Miré el video que alguien grabó pero no se apreciaba mayor cosa, y entonces no tuve otra que rodar mi propia película, crear una representación ‘cinematográfica’ hecha de retazos de notas de prensa y conjeturas sacadas en frío que luego repasé mentalmente, una y otra vez, intentando esclarecer qué pudo haberle pasado por la cabeza al perturbado angelito en el momento de hundir el pie en el acelerador y pasarle encima a las víctimas.

¿Discutió con los estudiantes que le obstruían el paso? ¿Qué se dijeron? Hubo golpes en la carrocería y en el vidrio, eso salta a la vista. ¿Pero qué más? ¿Qué palabra, qué insulto; qué fue lo que lo hizo brincar, en cuestión de segundos, del regazo de dios padre (donde todo es paz de espíritu) a la rabia infinita, al rol de verdugo, a la maniobra asesina?

Quiero saberlo porque ese mismo súbito acceso de ira ciega lo he sentido yo… y a lo mejor usted también. Porque somos una sociedad enferma, y casi no hay guatemalteco (ni guatemalteca) que no albergue en el corazón su respectivo magma hirviente, volátil, de bajas pasiones.

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