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Columnistas

La mudanza

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SOBREMESA

No hay nada tan revelador e íntimo como un camión de mudanza. No hablo de esos camiones grandes de metal, como cajones cerrados, que dicen en su costado Caniz, por ejemplo, los cuales protegen de los ojos juzgones y curiosos las intimidades de sus dueños. Me refiero a esas mudanzas populares, que andan libres y felices por el mundo, recorriendo las calles y calzadas de la ciudad, mostrando sin recato alguno los haberes de la gente, las cosas más íntimas y personales de la vida de sus dueños. Estas últimas mudanzas van siempre rápido, sin que el conductor comprenda la gran importancia de un traslado o lo que significará en la vida de sus dueños. Algo así como que con el cambio de vivienda se cierra una puerta y se abre otra diferente e incierta.

Las mudanzas que me han llamado siempre la atención son estas últimas: las que van y vienen en camioncitos o picop destartalados, en donde los muebles y enseres domésticos van dispuestos en forma malabárica, amarrados hábilmente por un gran número de lazos y pitas plásticas de colores, hasta terminar afuera de la palangana, como para estirarlo y sacarle jugo hasta la última pulgada al vehículo y que llevan colgada de la punta saliente del reglón de madera, un calcetín rojo en vez de bandera.

Hace pocos días vi pasar una de estas reveladoras mudanzas. Iba acomodada en uno de esos camioncitos que se alquilan en las cercanías de El Trébol o Guadalupe, de los que uno piensa que pronto explotarán o se romperán en mil pedazos por lo maltrecho de su carrocería y por lo pesado de su cargamento. Pero ahí iba, más corriendo que andando porque caía ya la tarde y no terminaban de llegar a su nuevo destino, a una de esas colonias enormes, lejanas ya de la ciudad, quizás, de casas color gris por la falta de repellos, de las que tanto abundan hoy en Guatemala.

El menaje era sorprendente. Junto a la cabina del piloto iban tres colchones floreados de tela plástica. A cada lado del vehículo estaban hábilmente amarradas las armazones metálicas de las camas y dos cabeceras de madera palo blanco con repisas para colocar la lamparita y el vaso de agua. Con las patas para arriba habían puesto una mesa ovalada de formica con sus cuatro sillas de vinil color turquesa y en medio de la palangana, un ropero enorme de madera oscura con tres lunas, protegido a medias por dos ponchos para evitar rayones o quebraduras, herencia de la abuela o de la tía que murió soltera. Una cuna de barrotes color celeste rabioso, con un Bambi pintado en la piecera y dos mesas de noche. Un garrafón vacío de agua Salvavidas, una pequeña refri descascarada, la jaula de canarios ya sin ellos, una lámpara hecha de raíces de árbol seco y una estufa con un tambito de gas. En la cabina habían amarrado a un chucho negro que ladraba feroz por la ventana, y sentado al final del vehículo, entre la multitud de cosas, un patojo con las piernas al aire, chupando un mango de pita.

Vi por última vez aquel camión cuando nos rebasó en el cruce de la calzada San Juan. Una música de reguetón a todo volumen salía de la cabina y cuando nos apartamos de su ruta, logré leer en su lodera trasera, “Solo Dios sabe si regreso” junto a una estampa fosforescente del Corazón de Jesús que con la oscuridad de la noche dejaba a la vista el corazón ardiente, echando chispas luminosas y rojas.

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