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El Tecolote de Jade

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Hay ciudades en las que han existido y existen cafés que se hicieron famosos por acoger en sus mesas de roble y barras de cinc el ir y venir no solo de los parroquianos, sino de sofisticados personajes del mundo de las artes y las letras, arropados por el bullicio de conversaciones mezcladas a olores de tabaco, café, vino y cerveza. En París, algunos de los más célebres, entre los cientos que hay, son Les Deux Magots, Le Café de Flore, Le Café de la Paix y La Coupole, con terrazas abiertas hacia la acera para ver el desfile del mundo. En Viena, en cambio, los legendarios Café Central, el Café Hawelka, el Café Mozart y otros, combinan atmósferas más íntimas con una alucinante variedad de elíxires de café y schnaps (aguardientes) acompañados de pastelillos de manzana y tartaletas de almendra.

En Guatemala también hubo cafés que conocieron su momento de gloria. En aquel entonces (hablo de la época anterior al terror de Estado de finales de los setenta), uno –bueno, los hombres, porque las mujeres en general no lo hacían– iba entre semana a ver una lica de Passolini, por ejemplo (¡vaya rareza!), a las nueve y media de la noche (Cines Lux, Pálace, Cápitol, Capri, Lido, o Norte), y después daba una caminata por la sexta desierta para comprar cigarrillos a los “chicleros” e ir luego en busca de algún amigo o amiga en alguna de las pocas cafeterías del centro que quedaban abiertas. El famosísimo Fu-lu-sho, en la sexta avenida era una opción, pero también Las Vegas, de la familia Tassinari, en la doce calle (extinto ya), que poseía la única máquina de café expresso en todo el país. O justo al lado, la pizzería del italiano Canessa, donde siempre había alguien tocando el piano. O bien, uno agarraba camino (en carro) hacia La Tertulia, en la zona nueve, o hasta el emblemático Cafesa, junto a la Calle Montúfar, monumento dedicado a los insomnes, que está y seguirá abierto las veinticuatro horas del día hasta el final del mundo.

Hubo, sin embargo, un café que marcó el ocaso de mi adolescencia y que pocos recuerdan: “El Tecolote de Jade”, situado en la cuarta avenida, al lado de lo que era entonces la Alianza Francesa, en la desembocadura de la 12 calle “A”. En realidad era algo más que un café, porque allí se concentraba el mundillo intelectual de la época. Su propietaria, Ana María Martínez –no sé si hija o sobrina de la famosa actriz María Teresa Martínez–, magnetizó y atrajo a ese lugar a casi todos los cerebros que, ya sea por calvicie o por inteligencia, brillaban en la aldea. Yo, que aún era un mocoso, iba allí casi todos los días a jugar ajedrez con Manuel González, franco-español muy querido, y con Ramón Quintana (apodado el Canario), excelente librero y campeón nacional de Ajedrez, así como con otros dos amigos, Markus Wizel y Pepe Alemán. También lo frecuentaban, entre otros muchos, un simpático griego de nombre Philippe y el conocido actor y director de teatro René Figueroa, con quien actué en la pieza “Cyrano de Bergerac”, de Edmond Rostand, que René dirigió en el Festival de La Antigua de 1972. Participaban igualmente en estos encuentros el recordado psicólogo Santiago Collado, desaparecido trágicamente años después, así como el poeta Roberto Obregón, asesinado por el ejército en 1970. Músicos geniales como la Cuca Abularach y el Canche Rosales, o mi amiga Irma Flaquer, desaparecida durante el gobierno de Lucas, y el recordado pintor Ramón Banús, y toda una fauna inquieta y talentosa coincidió en este fascinante sitio hasta que el silbido de las balas y la sangre en las aceras nos obligó a algunos de nosotros a largarnos hacia horizontes –y cafés– mucho más lejanos, anónimos y seguros.

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