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Frente a la gran piedra

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Calor. Mucho sol y casi ninguna sombra. La vieja ciudad resiste desde la colina, brillante y altiva, digna a pesar del abandono y la soledad que se respira. Llegamos en hora y media a Mixco Viejo, conocido como Jilotepeque Viejo, el lugar que  un día también fue Chuwa Nima ‘Ab’Aj  y antes  Saqik’ajol Nimakaqapek, cuando aún era la orgullosa capital del reino pocomán y todavía no había sido conquistada por los kaqchikeles ni por las tropas de Pedro de Alvarado.

Esta ciudad fortaleza de piedra se encuentra ubicada a tan solo 60 km de la ciudad capital, en lo alto de un gran cerro rodeado de barrancos  y muros naturales en el departamento de Chimaltenango y entre los márgenes de los ríos Motagua y Pixcayá. El camino a Mixco Viejo es sinuoso pero se encuentra en buen estado. Se pasa por San Pedro Sacatepéquez, San Juan y San Raymundo, municipios en donde los niños de la pólvora, las pandillas, los patrulleros civiles, los productores de flores y la mega cementera se disputan a muerte el territorio. Cada cien metros, desde lo alto de los postes, hay carteles que nos recuerdan que estamos siendo vigilados.

 A Mixco Viejo se entra a través de un estrecho pasillo que ayuda a confirmar la historia de la ciudad que tardó meses en caer, gracias a su estratégica posición geográfica: cuenta con una sola entrada, visible desde arriba, perfecta para evitar ataques sorpresa. De todos modos, Mixco Viejo cayó, como cayó Iximché, Gumarcaj y otras tantas poblaciones.

Los niños saltan entre la ciudad de las piedras brillantes. Suben y bajan, corriendo entre lo que un día fueron palacios, ajenos a la naturaleza del abandono. La luz del inclemente sol se refleja en cada muro creando la impresión de una ciudad de oro blanco.

Me siento bajo la sombra de un árbol, custodiada por un ejército de hormigas rojas que no descansan en su afán de ganarse el sustento diario. Imagino cuando este montón de piedras apiladas y estériles eran templos, cuando no había tanto silencio, ni tanto sol, cuando la gente se sentaba frente a las dos canchas dedicadas al juego de pelota maya, absorbidas por ese ritual deportivo-militar-religioso.

El silencio y la paz que hoy se siente, no tiene nada que ver lo que se vivió hace cientos de años ahí, cuando la ciudad estaba habitada por miles de personas, antes de alguno de los fin del mundo con que a menudo nos castigan los dioses.

@liberalucha

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