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Viaje al centro de los libros

Mi vicio por las librerías me viene desde muy pequeño, y digo vicio porque me gusta tanto recorrerlas, hojear los libros, elegir, que con el tiempo he llegado a comprar más libros de los que puedo leer. Mi biblioteca crece con los años, y vivo rodeado de libros, que rodean mi espacio de trabajo, en confianza, porque compro más y más libros, los leo, destruyo, anoto, arruino en un acto voluntario de dominación, y los ubico como trofeos en los estantes que me envuelven con su presencia y grata memoria.

Los libros me dan seguridad, aunque signifiquen polvo y humedad, y sean un nido estacional de alergias variopintas. Pronto, serán un objeto arqueológico, el pasado de lo digital. Las bibliotecas físicas son para contemplar el espacio estrellado como idea del infinito, mientras la nueva figura electrónica es como el átomo, donde lo infinito va en el sentido contrario. La nueva generación está maravillada en lo pequeño, porque hay un universo en los elementos, células, partículas, lo invisible que nos contiene, como un vórtice invisible que nos traga. Mientras los libros físicos nos amarran a la imagen del universo de Homero, a las constelaciones, a la aventura de las estrellas que ya no existen pero su luz aún nos sigue llegando.

El futuro de las librerías motiva la predicción, porque todo cambia, y tarde o temprano se convertirán en otra cosa, apenas inaudito para quienes la sensibilidad nos despertó en los libros de papel y tapa. Las obras literarias seguirán existiendo de una u otra forma, pero el destino de las librerías es lo endeble.

Hubo un tiempo en Guatemala, en los días del conflicto y recesión económica, cuando el quetzal se devaluó drásticamente, que las librerías se contrajeron. Venía muy poca novedad al país. Viajar era la solución, y México un festín. En Gandhi, por ejemplo, me perdía por horas, aunque ahora me disguste su área de películas, de videos electrónicos, de objetos coleccionables como la figurita de Batman o los personajes de Guardianes de la Galaxia, o las agendas gringas con figuritas de Peanuts, y tanto gadget. El espacio les quedó grande, y las librearías están migrando a club, centro de reunión social o tiendas por departamento. En Guatemala, al menos, tenemos las nuestras bien surtidas.

mendezvides@itelgua.com

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