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Columnistas

En contra del pensamiento único

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Hoy no hablaré de los problemas políticos, económicos, sociales, de violencia, de hambre, de corrupción, de impunidad, que aquejan a Guatemala. Hablaré más bien, aunque parezca extraño, y aunque luego me caiga un chorro de críticas y de insultos, de Venezuela. Hablaré de Venezuela porque no hay día, no hay hora, no hay periódico o noticiero que no se la pase martillando desde una sola perspectiva, desde un enfoque único y caricatural, con ese periodismo chato y descerebrado consistente en contar anécdotas sin hacer análisis de contexto y sin contrastar opiniones, contra el régimen de Venezuela y su presidente Maduro, con el objetivo de convencernos de que ese país es el sitio más infernal, más antidemocrático, más mierda de América, después de Cuba.

Deseo puntualizar que nunca he sido admirador de Chávez, y menos de Maduro, más bien al revés. Antes, cada vez que veía a Chávez en la televisión, me daban retortijones de estómago debido a su retórica hecha de grandilocuencia y de histrionismo. Nunca me pareció simpático, pues siempre preferí la neurona a la hormona en cosas de política. Sin embargo, me llamó (vamos a decirlo, por qué no, po-de-ro-sa-men-te) la atención que, desde el inicio del siglo XXI, a pesar de haber sido elegido democráticamente, fuera siempre vilipendiado, atacado y señalado como un dictadorzuelo tropical por aquellas fuerzas ultra-conservadoras de la derecha clásica latinoamericana (las de siempre), también de Europa y, por supuesto, por los gobiernos de los Estados Unidos.

Caramba, no soy estúpido y tengo memoria –he vivido y pensado bastante– como para saber que esto apesta a lo que siempre han olido las contrarrevoluciones y movimientos que se oponen a cualquier reforma política y social profunda, apoyados o creados por los Estados Unidos. En Guatemala, en 1954, hicimos la triste experiencia que inauguró una época de represión y de terror que duró casi cuarenta años. En República Dominicana, en Granada, en Panamá, en Chile, pero también en Vietnam y luego en Libia, Irak, Afganistán, y ahora en Siria y Venezuela, allí donde los Estados Unidos ha metido sus afilados intereses, se estabiliza la precariedad para las grandes mayorías y salen ganando los socios locales y las arcas de los consorcios militares e industriales de un país que tuvo la petulancia (según la declaración de guerra fría hecha por el presidente Truman en 1947), de querer constituirse en gendarmes del mundo. Y si estudiamos, en efecto, lo que ha sido la historia de “Norteamérica” después de la Segunda Guerra Mundial, ya no son retortijones de estómago los que uno siente, sino, literalmente, ataques de diarrea. Claro, dependiendo de qué lado de la barricada decida uno estar.

Digámoslo sin rodeos: Venezuela es la reserva de petróleo más grande del planeta, y solo esto, explica aquello. No creo que Venezuela sea ningún paraíso, pero en los últimos años recibió reconocimientos importantes de organismos de las Naciones Unidas (CEPAL, FAO, UNESCO) porque desde 1999 la pobreza se redujo del 42 por ciento al 26 por ciento, y la pobreza extrema, del 16 por ciento (1994) al siete por ciento en 2011. Y así, otros datos positivos en lo económico y en lo social. Los observadores internacionales han certificado que las veintitantas elecciones realizadas en Venezuela han sido democráticas. El gobierno ha sido libremente elegido y está constitucionalmente legitimado. Los órganos de prensa son privados en su inmensa mayoría y no hay periodistas presos o asesinados (en contraste, había 81 periodistas asesinados en México, 56 en Colombia y 27 en Honduras hasta 2015). Pienso que sólo el diálogo entre el gobierno y la oposición, como lo recomienda el papa Francisco, podrá sacar a Venezuela del atolladero en el que se encuentra. Utilizar la fuerza de la calle para lograr lo que no se consiguió con las urnas es un error. Desestabilizar al régimen sería una gran pérdida no solo para América Latina, sino para el mundo entero. Ya basta de golpes de Estado.

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