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¿Chicken or pasta?

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EL BOBO DE LA CAJA

El vuelo final sale a media mañana de Frankfurt y hace escala en Yidda antes de tocar suelo africano. La primera vez que tomé esta ruta, hace dos años y pico, me fui con la nariz pegada a la ventana, embelesado por la topografía sin igual que se observa desde lo alto, con vistas a la exuberancia de macizos y cúspides alpinas perpetuamente cubiertas de nieve.

Sobrevolamos Austria, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia, Montenegro y Grecia, luego la isla de Creta, el mar Mediterráneo y el curso del Nilo como delgada ramita de chirivisco abriéndose paso por el desierto egipcio. Lo sé por el mapa en la pantalla que tengo delante: llegado este momento, después de casi treinta horas entre cabinas presurizadas y aeropuertos grises, estoy completamente harto de leer, de ver películas, de intentar dormir sin conseguirlo. Sólo me queda matar el tiempo alternando la vista entre el mapa y la ventana. La panorámica es espectacular.

Una hora más tarde puede distinguirse, diminuto, justo debajo de nosotros, el trazo de la ciudad de Luxor. Algún día vendré a conocer –me digo–, aprovechando que los pasajes, en esta parte del mundo, son relativamente accesibles; no como en América Central, donde hasta hace poco, antes de la llegada de las líneas de bajo costo, la colusión oligopólica provocaba que un trayecto de tan sólo 850 kilómetros, entre Guatemala y Costa Rica, se cotizara por encima de los 600 dólares. Absurdo.

Hay esmero en el servicio, incluso para quienes vamos apretujados en butacas de clase económica. Las azafatas ofrecen una última ronda de alcohol previo ingreso en fronteras árabes: una vez ahí, queda prohibido su consumo. Bienvenidos al reino de Arabia Saudita, monarquía anacrónica donde la ley, dictada por precepto exclusivo de Su Majestad, castiga con pena de muerte a los homosexuales y accede en la práctica a que las mujeres reciban el mismo trato que se les da a los perros; nada de lo cual impide que Estados Unidos y Europa continúen siendo compinches suyos en razón de alianzas militares e intereses petroleros. Bonita manera de promover la democracia y los derechos humanos.

Cae la tarde al tiempo que aterrizamos en Yidda, puerta de ingreso para millones de peregrinos islámicos que vienen de todas partes del mundo a visitar las ciudades sagradas de Medina y La Meca. Un sol achatado y difuso por el filtro de la arena suspendida en el aire lo baña todo con su embriagadora luz, cada vez menos amarilla, cada vez más sepia: las paredes de los edificios, los techos de las casas, los callejones, los monumentos, las supercarreteras, las grúas del puerto elevadas como brazos gigantes. La arquitectura toda, invariablemente blanca, me recuerda las escenas del desierto en La guerra de las galaxias. Tengo la impresión de estar en otro planeta.

“¿Chicken or pasta?”, pregunta por enésima vez la aeromoza con su carretilla, sirviendo la cena tras el despegue. Difícil elección si se tiene en cuenta que el pollo seguramente fue tratado con hormonas para acelerar su crecimiento y que los macarrones son de harina de trigo transgénico.

Me olvido de recatos y especulaciones y pido, en cambio, triple ración de vino tinto. ¿Qué sentido tiene ponerse hipocondriaco en estos azarosos tiempos? Nunca he sido –ni querido– ser un santo, y menos ahora si hago cálculos de cuánto crece, con cada travesía intercontinental, mi huella de carbono sobre el ya de por sí deteriorado planeta.

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