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Columnistas

Ernesto Cardenal

opinion

Viaje al centro de los libros

El poeta nicaragüense Ernesto Cardenal visitó nuestro país la semana pasada. Se apareció vestido de blanco, como cuando dirigía la comunidad de Solentiname, cuando era el mítico poeta cura que atraía a jóvenes católicos de toda Latinoamérica a participar en un proyecto idílico, una isla revolucionaria y religiosa donde él celebraba la misa acompañada con las canciones de Carlos Mejía Godoy. Los entonces estudiantes devorábamos sus libros, los tempranos epigramas a Myriam, a quien recordaba que la belleza pasa, que desaparece como las mujeres de Troya: “Tú que eres bella ahora en las calles de Managua, / un día serás como ellas de un tiempo lejano, / cuando las gasolineras sean ruinas románticas”. En esos días, Cardenal enfocó su sensibilidad amorosa en la oposición a la dictadura de Anastasio Somoza: “Yo participé en la rebelión de abril; / pero palidezco cuando paso por tu casa / y tu sola mirada me hace temblar”, o señalando que el ulular de las sirenas era el anuncio de: “Somoza que pasa”. Estuvo en el levantamiento popular, participó directamente en la década revolucionaria, así como se opone en la actualidad, al régimen de Daniel Ortega, por lo que ha sido nuevamente perseguido, y la memoria de Solentiname lo ha llevado incluso a los juzgados (cosa que ni Somoza intentó). Trotsky anunció el proceso como revolución perpetua, lo que motivó su persecución y asesinato ordenada por Stalin.

Los poemas de cardenal siguen igual de frescos, aun tras la decantación de la revolución, porque lo que retratan es la condición humana. Siempre habrá quienes se opongan a las dictaduras, que triunfen y luego sufran decepción.

En los años revolucionarios se leía masivamente a Cardenal, quien se formó literariamente en México, junto a Tito Monterroso y Mejía Sánchez. Así maduró su Hora cero, y cuando se decidió por la vida religiosa, ingresó al convento trapense Gethsemani, donde fue animado por otro de los grandes, el poeta Thomas Merton. En el noviciado produjo una poesía singular, revolucionaria, que encantaba, y después surgieron sus Salmos, y la popularidad con piezas como Oración por Marilyn Monroe que circuló intensamente.

Los años han pasado, fue Ministro de Cultura en tiempos de la revolución sandinista, vivió el desdoro, y en un esfuerzo voluntarioso escribió tres tomos de memorias, con un primer volumen extraordinario, Vida perdida, donde trasmite con frescura la fascinación de su encuentro con la poesía, que fue seguido por dos volúmenes sucesivos, ya más políticos: La revolución perdida e Ínsulas extrañas.

El más grande poeta centroamericano contemporáneo estuvo por estos lares despertando la memoria y la nostalgia. Vale la pena releerlo o descubrir la obra del sucesor de Darío.

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