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Columnistas

El centenario de un hombre de teatro

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Lado b

Mi amigo el cineasta Otto Gaytán me recuerda que, el pasado 30 de marzo, su padre, don José Luis Gaytán Furlán, hubiera cumplido cien años. Una efeméride que nos pasó inadvertida, pero que hubiera merecido una celebración relevante. Sobre todo en La Antigua Guatemala, la ciudad donde nació y murió y a la que enalteció durante su vida. Recordar que este país también es capaz de producir gente honrada, pensante, en todo sentido valiosa, es bueno y reconfortante. Esperanzador, digamos, en medio de esta catástrofe nacional que nos vuelve, a ratos, descreídos y cínicos, y demasiado oscuros cuando nos referimos al futuro.

Además de un hombre bueno, y este calificativo en los tiempos que corren quiere decir demasiado, don José Luis era un hombre de teatro, uno de los últimos de una especie a punto de desaparecer de este país o ya del todo desaparecida. Es decir con lo de hombre de teatro no estoy diciendo que era un empresario del espectáculo o, si se entiende mejor, una figura del showbusiness. No. Estoy hablando de un hombre que, desde una pasión absoluta por el hecho artístico, entregó su vida al estudio, a la enseñanza y a la realización del arte dramático. Siempre desde la periferia y desde la marginalidad que esto supone. Era un hombre sencillo en su origen y trato, que comprendió los secretos y las posibilidades de lo artesanal, que en algún momento de su vida fue carpintero y luego contador y administrador de fincas de café. Fundador de la Hermandad Obrera Católica, una asociación gremial a la que él le confirió un peso cultural que fue definitivo en el desarrollo social de la ciudad de Antigua. Su obra más importante, por la que muchos lo recordamos, fue la fundación de la Academia Dramática Antigüeña (ADA), un centro de estudios y representaciones teatrales, que de una u otra manera fue fundamental para todos aquellos a los que nos apasionó el teatro en La Antigua de los años sesenta o setenta.

La ADA era lo que se decía entonces un grupo de teatro de provincia, sin mayores pretensiones que las de representar un repertorio que incluyera a los principales dramaturgos del siglo XX. Con ella, don José Luis logró una hazaña nada desdeñable, que el teatro fuera una realidad en una ciudad alejada no solo del mundanal ruido, sino de los circuitos centrales y convencionales de representaciones teatrales. Esto significaba, por supuesto, la formación de actores, tramoyistas, guionistas, luminotécnicos, maquillistas, etcétera… pero también la formación de un público, de un gusto estético y de una tradición inexistente. Además, la motivación para el surgimiento de otros grupos. Recuerdo que el Festival Antigüeño de Teatro, que llevaba su nombre y que se celebró durante los años setenta, llegó a reunir de 15 a 20 colectivos en escena, con mucha riqueza de propuestas y con una asistencia que abarrotaba las salas.

Mi pasó por la ADA fue efímero pero memorable. Don José Luis ya había muerto y se encargaban del grupo dos de sus hijos, Otto y Ángel, amigos míos entrañables. Montamos un collage de obras de Molière –Ensayando a Molière– al que yo le guardo mucho cariño. Era el principio de los años ochenta y nos ayudó a sobrevivir en medio de una Guatemala azotada por la guerra. Por otra parte, fue profundamente divertido e intenso. Que el teatro sea una parte muy significativa de mi vida, se lo debo de alguna manera a don José Luis y a aquellas representaciones suyas que lograron tocarme, como simple espectador, desde muy niño.

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